—A punto fijo, no lo sé yo tampoco—responde el religioso.—Jamás quiso revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el Caballero Trágico, como todos le llamábamos, ha sido un gran arrepentido, y que la peregrina historia de su conversión debiera publicarse a boca llena para ejemplo de pecadores.
El fraile vacila un instante, pero clavando en la joven una mirada de arrobamiento, cual si hablase a una santa aparición, agrega con voz estremecida:
—Yo le conocí en Huancavelica, hará cosa de seis años. Formó allí una banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio señalarme, y salíamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y minas ocultas; y todo lo alcanzábamos a fuerza de cuerda y de hierro. Prendíamos a los caciques y les dábamos tormento, e si no querían declarar, nos íbamos sobre sus chozas y nos hartábamos de sangre. ¡Ah!, no hubo saña como la nuestra. Después caíamos a esta ciudad de Lima, a consumir en los vicios el fruto de nuestros crímenes... Mucho más pudiera decir, sino que no es la ocasión.
Rosa suspiró; y el novicio, pasándose la mano por el rostro, alzó la cabeza y prosiguió su relato:
—¡Oh alta potencia de Dios, y por cuántos medios mandas la luz a las almas hundidas en la tiniebla! Habéis de saber que, una vez, ese que agora duerme el sueño de la eternidad, viniendo conmigo a comulgar a esta parroquia, pues nunca abandonó el sumo Sacramento, os vio salir por la puerta de la sacristía, y, dejándome al punto, se puso a seguiros. Habiendo sabido después cuán piadosa erais y cuán alejada de todas las vanidades y pasiones del siglo, determinó, sin embargo, seduciros, o robaros a viva fuerza. Para eso, cierta mañana, hizome llevar una litera junto a vuestra casa, mientras él se dirigía a saltar la tapia del huerto...
Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al llegar junto a mí, echome los brazos al cuello, exclamando: ¡Es una santa, una esposa de Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gemía como un hombre que no osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de herirle. Desde entonces púsose a observaros de lejos, y os vio derramar por todas partes vuestra cristiana bondad. Una envidia santa traspasó su corazón encallecido al escuchar las bendiciones de los miserables y al ver a tanto desgraciado que se echaba de hinojos en el suelo para besaros los pies. Abandonó sus galas, repartió joyas y dinero entre los menesterosos, y, habiéndome contagiado su nuevo frenesí, llevome consigo a los campos, para borrar con el bien todo el mal que habíamos sembrado por ellos. ¡Por mi fe! ¡Yo nunca pude imaginar remordimiento tan profundo, y qué hazañas de caridad y de penitencia! Dios perdone sus pecados, y quiera darme tiempo a mí mesmo para purgar los míos en esta santa casa de religiosos.
—¿Y cuál ha sido su muerte?—volvió a preguntar la doncella, con expresión tímida y ansiosa, sentándose en el extremo del escaño.
—Su muerte—respondió el novicio—dice harto bien lo que fue su contrición. Allá por el mes de agosto, un indígena, a quien él curaba de un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trágico quiso ponerse en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los días más de cinco horas en las entrañas de la tierra. Contrajo de esta suerte una fiebre tan brava, que en menos de una semana le privó de todo movimiento. Yo no hallé cosa mejor que cargarle sobre una mula y traelle a este Convento del Rosario, donde, después de largo padecer, ha fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos con sus acentos de humildad y de sublime confianza en la misericordia de Dios. Y agora debo deciros—agregó por fin con voz entrecortada por la emoción—que en sus últimos instantes mezclaba vuestro nombre al nombre de Cristo y de Nuestra Señora, doncella santa.
Rosa acercose al ataúd. ¿Cómo dudar? Se hallaba ante el cadáver de aquel desconocido que había saltado una mañana las tapias de su huerto, y a quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios, habló largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras dictadas, sin duda, por el cielo.
Fijó entonces sus pupilas, con profunda atención, en el descarnado rostro, y al reparar en la beatitud inefable que bañaba los párpados, comprendió que aquellos ojos hablan contemplado, antes de extinguirse, alguna visión deslumbradora del Paraíso.