Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra después...
El alba aclaraba apenas el templo con lívidos resplandores que bajaban de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso, adormecida en las naves, se rasgaba por instantes, como si los ángeles volasen en la penumbra.
Rosa de Santa María arrodillose piadosamente, y murmuró una plegaria por el alma de aquel muerto.
Y ésta fue la gloria de don Ramiro.
FIN