—¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!
El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a arrojarse a los pies de su señor.
—¿Qué sucede?—preguntó mal despierto el hidalgo.
—Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega, ahí está!—agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de pies a cabeza como endemoniado.
En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo centellear, en el aire, su larga espada desnuda.
El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el rostro con el acero.
—¡Teneos, en nombre de Cristo!—gritó reciamente el canónigo, asiéndole el brazo.
El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado examinaba su propia sangre en los dedos.
—No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito, sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa de mí—rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y recorriendo a trancos la cuadra.—Vuestra es la culpa, señor, que me habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores, las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo, la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste! Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín, para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el mesmo vientre?
Afeminando la voz de modo burlesco, continuó: