—¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja volver por la honra de vuestra casa?
Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.
—Ya os he dicho mil veces, señora—replicó levantando la frente y mostrando sus ojos humedecidos,—que mi sangre es tan clara y tan limpia como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por ventura—agregó poniéndose en pie—es cosa de nada un linaje que viene de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con dos condestables de Castilla?
Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los mancebos, díjoles con imperio:
—Vosotros seguidme.
Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por el corredor el golpeteo de las espuelas.
Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella delicada misión.
Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como una mujer.
XII
El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad, como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales. No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.