El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los arabescos de plata y de oro.
Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como despertando:
—Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña—exclamó.—Peor para él si no sabe aceptar su condición.
Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.
De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo, apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de hierro.
—¿Qué pensará vuesamerced—exclamó, dirigiéndose al lectoral—de tamaña vergüenza?
Luego, encarándose con su esposo:
—Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.
El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban nerviosamente los brazos del sillón.
Doña Urraca prosiguió: