—Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por alguna calleja nos miraremos con odio.

—Será o no será—respondió la sarracena.—Los destinos van colgados de nuestro cuello.

Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un librejo centenario, prorrumpió:

—Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.

En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:

—Está en palabras harto ascondidas.

Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.

Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.

—Es fácil conocello—dijo entonces la morisca, con acento claro y jubiloso;—lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca ríe, camina despacio.

Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte le sobrecogiera en dicho estado.