Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema Visión.
Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español, resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas cavilaciones.
Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados, extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada diferente.
El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a inundarla el corazón.
Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente, como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo maduro de aromas.
Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo, Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas. Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba profundamente.
De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.
Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y brazaletes.
La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.
Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas, apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas, se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios, el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del éxtasis.