—¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?—preguntó Ramiro.

—Habladurías, habladurías—replicó el religioso con ademán de desprecio.

—No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que nunca daña saber por dónde habemos de ser combatidos.

—Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a punto de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba noticias a los conversos... que la riña fue por cuestión de la paga...

En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galas de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco:

—¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos por piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, que fenecemos!

El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase, apretándose al mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos. Alguien le habló en voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca como avergonzado.

Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos señores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro y al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto de asombro y se dirigió a saludarle:

—Enhorabuena—exclamó, alargando los brazos.—Grata señal es ésta; pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están golosos de ver y escuchar a vuesamerced.

—Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.