—Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como éste, todo su lance con los moriscos, punto por punto.
—Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me encienda la calentura.
A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observó, con inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrería, que el mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomándola por fin en su mano, exclamó:
—Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?
—No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso permitir que los demás me acabasen a cuchilladas.
El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombro de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le escuchara:
—Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento y esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.
—Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción.
—Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que la lealtad sea por momentos amarga.
—¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!