—¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?... ¡No, no, por Dios!
—¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte, acaso, un obsequio?
—No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro interés. Deseo decir a vuestra merced—agregó vacilando un instante y bajando la voz—algo que sucede en esta casa.
—Sí, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la dueña... Me lo dirás otra vez.
—Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un negocio... ¿cómo decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que la justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se puede seguir a vuestra merced.
—Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede?
Casilda tembló como sacudida por aquel acento imperioso, y luego repuso:
—Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que aquí vienen, acabada la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de aquella en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen palabras contra el Rey y hablan de levantar bandera.
—¿Por quién sabes todo eso?
—Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo pasado, ya de noche.