—Dilo todo, date prisa.
—Al entrar oí unas voces que parecían salir de una alacena; pero, como yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era. Vacía lo estaba; pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra y eran en la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A mi ver, deben ser muchos señores, y entre ellos está el señor cura de Santo Tomé, con su catarro, y el señor de Bracamonte, con su voz tan áspera, y el de...
Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galería cortó su narración.
—¿Quién?—demandó Ramiro.
—Yo soy—respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo la hoja y penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a Casilda, aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó:
—¿Os lo ha referido?
—¿Qué?
—Lo que acontece en esta casa.
—¿A qué quiere aludir vuesa merced?
—A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo, conducidos por el maestresala.