En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las cuadras vecinas:

—¡A la enorme felonía—gritó—de esos malos caballeros!

—Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden oílle—interrumpió Ramiro, agregando:—De suerte que vuesa merced lo sabe también por...

—Por esta rapaza—contestó el Canónigo señalando a Casilda.

El diálogo se desarrolló vivamente y quedó convenido que, antes de que terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse de la verdad, escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando que a él le parecía más derecho requerir con franqueza a don Enrique Dávila o al mismo Bracamonte; pero el Canónigo le hizo pensar en la necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse al peligro de que su llaga se reabriese en el tráfago de las escaleras, le dijo:

—Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que os hicisteis herir, una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa.

Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido número de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano, hidalgo viejo y socarrón, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y mirando las figuras de los tapices. Otros señores hablaban, en pie, junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina. Ramiro, después de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra.

Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba en su mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada frecuencia. Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo, forrada de pieles.

Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca. Cuando quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la única pasión que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrás. Su tez era barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.

Ramiro no escuchó sino el final de su discurso: