Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie, abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de Bracamonte. Nueva exclamación estalló:

—¡Viva don Diego!

Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y solemne.

—Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de Bracamonte—exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el concurso.

—Parece—dijo Valderrábano,—que de algunos días a esta parte, apenas le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que suenan.

—Quiera Dios no le empujen a alguna demasía—agregó con lenta modulación el Canónigo lectoral.

Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras otras escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dávila respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa haciendo saltar entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.

—Don Enrique: «Las barajas excusallas»—dijo entonces el Lectoral.

—Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»—replicole el señor de Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su familia.

Minutos después entraba Bracamonte.