—¿Qué nueva?—preguntole don Enrique, dejando el asiento.

A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada de nieve, Bracamonte repuso:

—Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.

Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió:

—¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición? Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla.

Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar:

—Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de la tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón, que tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no osarán luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la olla!

Ramiro sintió que le apretaban el brazo.

—Salgamos, que es tiempo—murmurole al oído el Lectoral.

Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.