—¡Sí; él es!—dijo, tan sólo, el mancebo.

Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas.

—Es un tirano—dijo alguien claramente.

—Su confesor—agregó el cura de Santo Tomé—ha de arder en el infierno, porque le absuelve.

Otros exclamaron:

—Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.

—Es harto tarde.

—Que se lea, y partiremos.

Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila leyó el histórico pasquín.

«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos respetos ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es sólo la nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede no da lugar a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien te agradecen tus servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera! ¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe, conténtate con lo que es tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasión a que aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan de atrás conservada y por las leyes de estos reinos defendida.»