El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender al lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.

—Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique—exclamaron algunos.

—Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los portales del Mercado.

—Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que, llegado el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el sitio que convenga.

Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.

XXIII

Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su discípulo, exclamó con profético vozarrón:—Todo esto habrá de concluir sobre un cadalso.

Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa aderezada ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que resplandecía bajo las llamas del candelabro, y después de largo silencio, repuso:

—Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los honrados. Yo he de mostrar—agregó, levantando el rostro hacia la lumbre y golpeando con el puño sobre la mesa—que aún quedan en la nobleza castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.

—Por el hábito que tengo—replicó el Canónigo,—si estoy por decir que ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles que os van a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo mío, que ese sandio y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno en su vida? ¿Y no se os alcanza también que, así como fijen ese alevoso pasquín que leyeron, serán uno y otro degollados por mano de verdugo, con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro, concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y así figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.