—¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila, arriesgó la vida por ellos.
—Malaventurado yo—replicó el Lectoral—si he de cosechar esa espiga. ¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?
Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán vasto y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:
—¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo abusaréis de la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato puede decir que la república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los siglos otra nación más temida y envidiada que lo es hoy día la española? Somos los amos de la tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greñas. El tercio de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange macedónica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas españolas tiemblan por doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose jamás un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un trasunto de su vida, tendrán que juntar la piedad de David con la sabiduría de Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de Marco Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en España! ¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy bellacos y avarientos que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos una hilacha tan sólo del capotillo?...
Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba atentamente, seducido por la inesperada emoción de aquella catilinaria que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos Bracamonte, exaltábale, asimismo, de modo heroico y soberbio.
Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de costumbre. Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo místico al suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Señor, y que, así como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino de Salamanca.
—A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el empellón que ha menester—agregó con inusitada sonrisa, al retirarse.
Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas impresiones que jugaban con su ánimo, levantose nerviosamente y, acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila, recubierta de nieve, resplandecía bajo el mágico claror de la luna como una ciudad de encantamiento.
Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas.
Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.