Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algún odioso pensamiento, prosiguió:
—Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como vemos en Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: Væ, filii desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis. Y vemos en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios continuamente, y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les respondía, hablaba con ellos y no se enojaba, porque aún no estaba asentada la fe. Pero, agora, bajo la ley nueva, todo está consumado y la fe fundamentada per sæcula, sæculorum; y no hay para qué preguntar a Dios como antes, porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es su más soberana palabra, nos lo habló todo junto, de una vez, y no tiene más que hablar. De aquí, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le pide revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hiciérades, pues, en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Tomás, que éste es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino áspero, pero seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora luz; lo otro, el humo irritante que perturba la visión y el cerebro.
La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo quedaba la pura emanación de la mente; y las ideas parecían brillar con más fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.
XXIV
Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de la una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al azar el Cordial, el Arte de bien morir, el Contemptus Mundi. La vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No se escuchaba en la estancia otro rumor que el de las páginas en el silencio. De pronto, una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hízole mirar hacia afuera. La calle estaba gris y solitaria; pero un instante después, viniendo del lado de Mediodía, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul de los Blázquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas de camino, y, por último, en silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la dueña, caminaba detrás, golpeando las losas con el báculo.
La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro velo descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón chapeaba tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la gracia de la mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La blancura de aquel rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las hostias; y era, en verdad, como el viático de su amor, el viático de su pasión, olvidada y moribunda.
Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo, haciendo florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más lejos, cuando iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella máscara triste que se borraba por momentos detrás del reflejo acuoso de los vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando con la cabeza el blando vaivén de la silla, desapareció con su gente.
Ramiro arrojó el Arte de bien morir sobre una mesa cubierta de libros.
A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir.
Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle a menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica. Cierto día le dijo: