—La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en llamaros a testificar.

Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la calle, exclamó:

—Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es algún maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van diciendo algunos que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos años, y que, si esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su hija Beatriz en matrimonio. Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la Iglesia.

Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y cuyos gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:

—Agora llega la estación libidinosa.

Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre la influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta fines de marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una docena de veces, ex carpo manus; pues, según él, «había aún vicio de sangre, presencia de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasión; luego no había más que pedir».

La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa del año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de los contornos, resonaba como una colmena. La mañana del miércoles Ramiro vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a su antiguo rival Gonzalo de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las armas de su linaje bordadas hacía atrás, con oro y con seda. Dos lacayos le precedían. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió impulsos de salir al balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete, rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.

XXV

No bien despabilada todavía, la guedeja en desorden, los ojos medrosos de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro, Beatriz, sentada al borde del lecho, dejábase vestir por sus esclavas y doncellas.

Era el sábado santo y faltaba menos de una hora para la misa de Gloria en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve campanadas.