La imagen de aquel milagro de los milagros la conmovió profundamente. Un júbilo indecible la inundaba al imaginar a Jesús en su glorioso vuelo, después de las angustias del Calvario. Había que reír, que cantar; había que vestir las telas más ricas y escoger las joyas mejores. ¡Jesús había resucitado! Tomó en la mano el espejo y ensayó ante el cristal prolongada sonrisa, enseñando los dientes.
Por fin, vestida de amarillento brocado que los toques de plata y las rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el cabello rizado con primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo, levantada por el corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa, aliñada, abullonada, crujiente, comenzó a pasearse por la habitación, mirando, por encima de su hombro, las cenefas de la nacarada basquiña y la pompa del faldellín. Sus orejas diminutas balanceaban las arracadas de diamantes de una abuela.
Las criadas la seguían como a una paloma que se escurre. Una buscaba ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el cinturón de tela de oro recamado de aljófar. Leocadia, tomando un gran buche de agua de olor, afinó entre sus dientes un chorro continuo, y, girando en torno, rociolo con maestría, desde el ruedo de la saya hasta la almidonada gorguera.
Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos esperaban en el recibimiento.
—Llamen a Alvarez—exclamó Beatriz.
Un instante después llegaba la dueña con mucho rumor de cuentas y gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doña Alvarez, mirando a la niña al través de sus anteojos, prorrumpió:
—¡Infantica preciosa! ¡estrella de Belén! ¡Alabado sea Dios, que os hizo bella y salada como una perla del mar!
Beatriz, mirándose en el espejo, afectaba, entretanto, los más diversos visajes. Ora entornaba los párpados con desmayadizo temblor, como si respirara un perfume doloroso; ora los abría desmesuradamente; y resumiendo, a la vez, su boca de carmín, parecía ofrecerla a un galán imaginario, como confitada fresa, como incitante golosina purpúrea.
La dueña la preguntó casi al oído:
—¿Pasó por esta calle?