—¿De quién decís?—repuso la niña.
—De Gonzalo.
—¿Lo sé yo acaso?
—Sí que debió. Vile entrar muchas veces en la iglesia. Os buscaba como sabueso que va oliendo las hierbas.
—¡Bah!
—Harto galán le veréis, que es regalo de los ojos con su traje color de acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y ¡válame Dios! ¡qué plumas tan bizarras! Todas las niñas volvían la cabeza para miralle. ¿Qué será cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecéis uno y otro nacidos bajo la mesma constelación. ¡Lucida pareja! El será el nácar y vos la perla, señora mía!
—¿A qué iglesia fuiste?
—A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo me hice dar, por un canónigo amigo, del incienso y del estoraque. ¡Donosa fiesta! El templo güele mejor que un vergel. Démonos prisa, que llegaremos tarde.
Tomándola el cristal, echola encima un manto y trájola con presteza la estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra manita, remedando el empaque de las señoras.
Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose contra el respaldo de la silla para contrarrestar el vaivén, y, al lento paso de los silleteros, cruzó entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una imagen, la boca pía, los ojos recoletos.