Este sistema es un buen ejemplo de lo que llamamos la permanencia del achievement. Podemos calcular el costo y valor de cualquiera suma de riquezas materiales, apreciar su intercambio y presenciar su total consumo mil y mil veces, y el sistema que nos habilita para efectuar esas operaciones, permanece imperecedero en medio de tanta transformación y destrucción, sirve a los hombres sin gastarse y así continuará sirviendo a las generaciones futuras.
Las artes industriales forman otra clase importante de achievement.
Debemos mencionar también las instituciones que, indicadas en el probable orden de su desarrollo, son las siguientes: sistemas militares, sistemas políticos, sistemas jurídicos y sistemas industriales. En verdad, es posible extender el significado del término institución hasta hacerlo comprender todos los achievements y tomado en tal sentido constituye el principal estudio del sociólogo.
Una de las características esenciales de todo achievement es que consista en alguna forma de conocimiento. El conocimiento, al revés de la capacidad, no puede ser trasmitido por herencia. Constituye una especie de herencia social a cuya trasmisión la sociedad tiene adscritos determinados órganos o sea los diversos institutos de educación e instrucción.
Unos pocos espíritus han columbrado vagamente que la civilización consiste en la luz de los conocimientos acumulados de generación en generación. La más célebre expresión de esta verdad es la de Pascal, que dice en sus Pensamientos: «La serie completa de los hombres en el curso de todas las edades debe ser considerada como formada por un solo hombre, que nunca hubiese dejado de existir y hubiera estado siempre aprendiendo». Bacón, Condorcet y Herder, han expresado ideas análogas.
Pero esta concepción es sólo una aproximación a la verdad. Indica, por decirlo así, el largo pero no el ancho de la civilización. Jamás un solo hombre, por más sabio que hubiese sido, y suponiéndolo inmortal, habría podido llevar a cabo lo que todos los hombres han hecho. La civilización no es la obra de un solo hombre, sino de miles de hombres, cada uno de los cuales ejecuta una obra diferente. Cierto es que muy pocos entre ellos crean algo original y que los más no hacen otra cosa que imitar, correspondiendo los primeros, es decir, los creadores, dentro del organismo social, a lo que se llama en biología las variaciones, mientras que los segundos forman la herencia, y cierto es también que para los espíritus no adocenados suele ser objeto de menosprecio esa masa de la especie humana que marcha sujeta a puras imitaciones buenas o malas. Pero el sociólogo, procediendo de igual manera que el geólogo cuando estudia la estructura de la tierra, debe mirar el gran conjunto que resulta del total de las obras humanas y entonces desaparecerán para él los móviles mezquinos y las pequeñeces de las acciones individuales. A la tierra calcúlanse unos 70.000.000 de años de edad, y el hombre habrá existido desde unos 300.000 a 200.000 años. La época histórica, y por consiguiente sociológica, es casi nada dentro de estas cifras enormes: menos de 25.000 años. Estudiadas simpáticamente las acciones de los hombres encerradas en ese panorama, resultan enaltecidas, alentadoras y aptas para curar al más arraigado pesimismo. Tan pronto como el hombre entra en su desarrollo en el estado contemplativo (contemplative stage), lo que ya sucede en épocas muy remotas bajo el régimen social de las castas, empieza a desenvolverse el interés psíquico o trascendental. Comienzan a manifestarse anhelos intelectuales que constituyen fuerzas sociales tan efectivas como el hambre y el amor.
Bajo el influjo de esas fuerzas psíquicas llamadas sociogenéticas (fuerzas morales, intelectuales y estéticas) han surgido el arte, la filosofía, la literatura, la ciencia, la industria y han obrado de una manera combinada para aumentar y enriquecer los inventos humanos.
Merced a las sugestiones de estas fuerzas sociogenéticas, la superior ambición de toda mente vigorosa ha llegado a ser la de contribuir con algo a la gran corriente de la civilización y marchar en la senda del progreso intelectual. En el fondo de tal aspiración palpita el placer mismo que produce una sana labor intelectual, el encanto de la creación y el amor a la gloria, a la inmortalidad en el recuerdo de los hombres. A medida que pasan las edades y la historia anota en sus páginas los resultados de la acción humana, va quedando más en claro para un mayor número de personas que tal es el fin de la vida y por conseguirlo se esfuerzan. Se ve que sólo aquellos que han inventado algo, creado algo, sentido por sobre la muchedumbre, son recordados y que, con el tiempo, sus nombres tórnanse más brillantes en lugar de empañarse. Así, la invención, la creación llega a constituir una forma de inmortalidad que, a medida que la esperanza de una inmortalidad personal se desvanece con los adelantos de las ciencias biológicas, se hace más atractiva y echa más raíces en el corazón humano.
La concepción de Mr. Ward sobre la materia de la sociología es hermosa y casi podría decirse que toma los hechos humanos por el lado heroico. Como podremos ver en varias ocasiones más adelante, una de las características de esta sociología es la rehabilitación de la fuerza psíquica, la consideración del valor que tiene la mente humana, siendo ilustrada, como directora de los fenómenos sociales y propulsora del progreso artificial.