Hace algunos siglos que fueron observadas la uniformidad e invariabilidad de los fenómenos astronómicos y físicos; después se efectuó igual observación con los animales y se encontró que sus acciones, aunque mucho más complicadas, obedecen a leyes fijas que el hombre es capaz de entender y aprovechar. Luego se extendió dicha afirmación a los actos más simples de los hombres y de los niños, y por último, no se requirió más que un corto paso adicional para llegar a la más amplia generalización y sostener que todas las actividades humanas y todos los fenómenos sociales se hallan tan rígidamente sujetos a una ley natural como lo están las actividades de los niños y de los animales y los movimientos de los cuerpos terrestres y celestes. Los primeros economistas se apoderaron de este razonamiento especioso e incompleto e hicieron de él la piedra angular de su ciencia y la base de sus grandes leyes sobre el comercio, la industria, la población y la riqueza.
Ha sido este un error que ha provenido de ignorar la existencia de una facultad racional en el hombre, que, aunque no sustrae las acciones de éste a la influencia de las leyes naturales, con todo, las complica de un modo tan enorme que no es posible encerrarlas dentro de las simples fórmulas que bastan a explicar y a prever los motivos animales. La acción del factor intelectual o racional en el hombre es tan colosal que cualquiera ponderación del error de los primeros economistas no resulta exagerada. Pongamos un ejemplo más.
El sistema de la naturaleza para que las semillas se desarrollen, consiste en confiarlas al viento, al agua, a los pájaros y a otros animales. De las semillas lanzadas así, sólo muy pocas llegan a crecer, y de las que crecen son contadísimas las que alcanzan el estado de madurez. ¡Cuán distinta es la economía, la actividad del ser racional! El hombre prepara el terreno, lo limpia a fin de que no haya competidores vegetales, y luego con cuidados planta las semillas distanciadamente con el objeto de que no se amontonen y se dañen unas a otras; cuando ha aparecido el brote cuida solícitamente de que no sea destruído por algunos enemigos vegetales o animales, proporciónale agua cuando la necesita y aun coloca los abonos y substancias químicas que puedan servir para hacer que la planta crezca más vigorosa. Tal es la economía de la mente.
El hondo significado de esta diferencia de procedimientos ha sido expresado en el principio de que «el medio transforma al animal mientras que el hombre transforma al medio».
El hombre procede en lo posible con economía de tiempo y de energía, procede con arte. Las artes tomadas en conjunto constituyen la civilización material que es debida exclusivamente a las facultades intelectuales del hombre.
En el perfeccionamiento mismo de las plantas y animales es posible observar la superioridad de los procedimientos humanos sobre los de la naturaleza. Como se ha dicho, el animal es transformado por el medio en que habita, dentro del cual el factor más importante es el orgánico, las otras especies animales y vegetales con que tiene que entablar la lucha por la existencia.
Es falsa la idea dominante de que, como resultado de esta lucha, sobreviva lo más perfecto posible. El efecto de la contienda consiste en impedir que cualquiera forma alcance su máximum de desarrollo y hacer que todas las formas que logran sobrevivir se mantengan en cierto nivel relativamente bajo de desenvolvimiento. Cuando la competencia es evitada, como acontece en lo tocante a algunas especies por medio de la acción del hombre, grandes progresos son inmediatamente llevados a cabo por la forma así protegida y pronto sobrepuja a las que se encuentran sometidas a la necesidad de la lucha. Tal cosa ha ocurrido con los cereales, con los árboles frutales y con los animales domésticos, con todas las especies que el hombre ha sustraído al imperio de la ley biológica y colocado bajo el de la ley de la mente.
A este respecto cuenta Mr. Ward un caso muy interesante[10]. «Hace algunos años, dice, cuando era yo un amateur de la botánica, en una de mis excursiones de herborizador pasé por un campo solitario y abandonado, distante algunas millas de la capital nacional, y enverdecido por la presencia de una peculiar hierba completamente desconocida para mí. La examiné atentamente, y aunque algo conocedor de la flora indígena de esa región, fuí sorprendido por esta pequeña extranjera. Era muy verde y sus frutos y sus flores se veían bien; pero tenía cierta apariencia desgreñada y poco natural, indicadora de tiempos difíciles y de una dura lucha por la existencia. Recogí una buena cantidad de ella, coloquéla cuidadosamente en mi portafolios y la traje a casa junto con mis otros trofeos. Sin precipitación y con todos los requisitos necesarios procedí a analizarla. Era entonces yo diestro en la disecación de las plantas y en un momento compelí a mi hierbecita a revelar su nombre. Con gran sorpresa mía dijo llamarse Triticum aestivum. Como los más de ustedes saben, el Triticum aestivum es aquel noble cereal que suministra la susbtancia de la mayor parte del pan de todo el mundo. ¿Puede ser ésto trigo? me pregunté medio dudoso de mi exactitud. Hice una nueva prueba y otra vez la respuesta fué: Triticum aestivum. Interrogúela aún por tercera vez, pero como un espíritu seco y porfiado lanzó rápidamente las mismas palabras: Triticum aestivum. No había equivocación. Esta pobre hierbecita debió salir de algunos granos de trigo sembrados o arrojados por algún accidente casual en este paraje desierto y silvestre lleno de vegetación natural. Aquí germinó y creció y trató de elevarse a la majestad y altura que se ve en los campos cultivados de granos. Pero ¡ay! no pudo. A cada paso fué encontrando la resistencia de un medio no arreglado ni preparado por la inteligencia. Le faltó el cuidado del hombre que aleja la competencia, destruye los enemigos y crea condiciones favorables al más alto desarrollo. El hombre procura a la planta cultivada una oportunidad para progresar y la diferencia entre mi extenuada hierbecita y el trigo de un campo bien labrado es diferencia únicamente de cultivo y no de capacidad nativa. En pocas palabras: es la diferencia entre la naturaleza y el arte (nature and nurture)».
La competencia, pues, no sólo envuelve el gran derroche que se ha descrito, sino que aun impide el máximum de desarrollo, desde que lo mejor que se puede alcanzar bajo su influencia es muy inferior a lo obtenido gracias a la acción de lo artificial, es decir, a la supresión de la competencia por medio de la inteligencia y de la razón.
Por más difícil que pueda ser para los filósofos modernos entender esto, tal fué sin embargo, una de las primeras verdades que iluminó al entendimiento humano. Consciente o inconscientemente se sintió desde un principio que la misión de la mente era luchar con la ley de la competencia, resistirla y vencerla. La ley de hierro de la naturaleza, como puede propiamente llamársela (la ley de Ricardo sobre los salarios no es más que una manifestación de ella), se ha puesto por doquiera al través de los pasos del progreso humano, y todos los esfuerzos para marchar adelante, (ya sean físicos, sociales o morales) del hombre racional, han constituído un combate contra este tirano, la ley de la competencia. Todo utensilio, todo invento mecánico, toda cosa artificial que sirve a algún propósito humano, es un triunfo de la mente sobre las fuerzas físicas de la naturaleza que se hallan sin cesar y sin un fin determinado en competencia. El cultivo y desarrollo de las plantas útiles y la domesticación de algunos animales significa el someter a una dirección las fuerzas biológicas y eximir algunas formas vivientes de la acción de una ley natural que debilita sus poderes naturales de desenvolvimiento. Todas las instituciones humanas—religión, gobierno, ley, matrimonio, etc.—y todos los modos de regularizar la vida social, industrial y comercial, son, considerados ampliamente, tan sólo otras tantas maneras de resistir y vencer a la ley de la competencia en sociedad. Finalmente, la ley moral de los hombres ilustrados no constituye nada más que los medios adoptados por la razón, por la inteligencia y por la sensibilidad refinada para aniquilar la naturaleza animal del hombre, para encadenar el egoísmo competidor que todo hombre ha heredado de sus antepasados animales.