VI
ECONOMÍA DE LA NATURALEZA Y ECONOMÍA DE LA MENTE
Llegamos aquí a una parte bastante original de las doctrinas de Mr. Ward, la que él llama economía de la naturaleza y economía de la mente.
En los principios del meliorismo va implícita la afirmación de que lo artificial, por lo menos desde un punto de vista antropocéntrico, es superior a lo natural. Una casa es mejor habitación que una caverna. La aseveración recién anotada es la razón de ser de las ciencias aplicadas. Lo hecho por el hombre es no sólo más adecuado a sus propios fines que lo que le ofrece espontáneamente la naturaleza, sino que, además, es llevado a cabo con menor pérdida de fuerzas. Queda probada esta afirmación comparando los procedimientos creadores de la naturaleza o economía de la naturaleza y los procedimientos creadores de la mente o economía de la mente.
La naturaleza es extremadamente práctica, pero no económica, y es muy explicable que no lo sea. Las acciones y producciones de la naturaleza se ejecutan por medio de un gran derroche de sus energías. Su manera de proceder muy distinta de la del hombre, es exclusivamente genética, lo que quiere decir que es tan sólo movida por causas eficientes que no tienen la conciencia de ningún fin. En la economía genética, al mismo tiempo que no se economiza ninguna fuerza, para producir los más insignificantes resultados, tampoco nada se hace que no produzca algún resultado por pequeño que sea. Al revés, en la economía propiamente humana o teleológica (porque siempre obra proponiéndose fines) se despliega mucha parsimonia en los gastos y sucede al mismo tiempo que a menudo grandes trabajos se llevan a cabo sin resultados, a causa de algunas interpretaciones erróneas de los fenómenos. La naturaleza no se equivoca nunca, pero derrocha. El hombre economiza sus energías, pero a menudo sus errores lo hacen fracasar. Así el hombre, al revés de la naturaleza, es económico, pero es siempre práctico.
Concretemos más la cuestión.
La extravagancia de los medios que emplea la naturaleza para llevar a cabo sus adaptaciones y creaciones ha sido un motivo corriente de observaciones. El profesor Huxley hizo ver en una conferencia que cada arenque hembra de medianas proporciones ponía 10.000 huevos y que de éstos morían 9.998 mucho antes de llegar a la madurez. Darwin calculó los huevos de una blanca Doris y supuso que serían no menos de 600.000. Al mismo tiempo encontró que los individuos de esa especie no eran numerosos, de manera que los huevos se producían en una cantidad desmesuradamente superior a la que se aprovechaba. Igual cosa se observa en la langosta de Juan Fernández; pone alrededor de 100.000 huevos y se pierde el mayor número de ellos.
Semejantes proporciones entre los muchos nacimientos o embriones y las pocas vidas completas revelan grandes derroches, e iguales derroches se notan en las semillas de los vegetales. Las semillas, los huevos y otros gérmenes parecen destinados a ser plantas y animales, pero ni uno entre miles o entre millones cumple con su destino. Así como de la luz solar que se derrama en todas direcciones sólo una porción insignificante es interceptada por la tierra o por otros planetas para utilizarla en favor de la vida, así también acontece con los organismos empezados. Sólo una pequeña parte de ellos alcanza el presunto fin de su creación. Indudablemente que este orden de sembrar al azar y de que por cada ser que subsista 10.000 perezcan, sería considerado como el peor de los desórdenes, si lo imaginamos aplicado a cualquier asunto humano.
La naturaleza obra con la seguridad de que sus recursos son inagotables. Es posible decir que está empeñada en crear todas las formas concebibles. Cada cual sabe qué maravillosa variedad de especies existen en los reinos animal y vegetal. Pero estas variadas formas, tan numerosas como son, representan sólo los éxitos de la naturaleza y no sus múltiples fracasos. Aun entre las mismas formas vivientes hay una larga escala que va desde los fuertes hasta los débiles y el destino de estos últimos consiste en ser arrojados del mundo por los primeros. Los mismos organismos fuertes sólo conservan temporalmente su vigor. Como los imperios humanos, tienen su apogeo y su caída, y los pasos de la historia natural, de igual suerte que los de la historia humana, están marcados con los restos de las dinastías destronadas y las ruinas de las razas extintas.
En los procederes del hombre racional se encuentra por primera vez algo digno del nombre de economía. Sólo por medio de previsiones y designios de que la naturaleza no es capaz, es posible llevar a cabo algo económicamente. Los canales son más rectos y adecuados a su objeto que los ríos.
Aquí conviene tocar ligeramente un punto de economía política que dice relación con esta materia.