Examinemos ligeramente estas dos tendencias.

Sostener con los optimistas que nuestro mundo es el mejor de los mundos posibles, equivale a repetir una doctrina que desde un punto de vista filosófico y social no resiste a la más superficial impugnación, y constituye a la fecha una ingenuidad que hace sonreir con los recuerdos del Cándido de Voltaire.

El pesimismo es la doctrina que ha tenido por sustentadores más conocidos a los filósofos alemanes, Schopenhauer y Hartmann. Según estos escritores, son más los dolores que los placeres de la vida. Esto es en cuanto a la cantidad. Cualitativamente, sólo el dolor es positivo, y el placer y la felicidad son negativos; resultan de que nos libramos de algún deseo que ha sido para nosotros, como todos los deseos, un aguijón desagradable. Mas, por nuestra naturaleza, apenas satisfecho un deseo aparece otro y así sucesivamente se va eslabonando desde el nacimiento hasta la muerte una serie de estados desagradables.

Esta filosofía es también inexacta. Nos conviene concretarnos a atacarla por su base y probar que los placeres constituyen por un lado estados psíquicos, y por otro lado que somos capaces de gozar de algunos de ellos sin haber pasado antes por dolores previos que sean la condición sine qua non de aquéllos.

Los placeres ocupan como estados psíquicos una extensión más o menos larga de tiempo. Es esta una cuestión de psicometría. Como las experiencias de la observación interna son muy expuestas a ilusiones, es mejor buscar la demostración de lo que afirmamos en las sensaciones más simples. Una persona, por ejemplo, no tiene el menor deseo de comer un dulce, no siente el ansia desagradable de un apetito no satisfecho. Sin embargo, se echa a la boca un confite delicado, lo saborea y experimenta una sensación de placer que no ha venido precedida de ningún dolor anterior y que es completamente positiva.

En las emociones complejas la duración del estado placentero es mayor aún que en las emociones simples, y para gozar de ellas no necesitamos tampoco haber pasado antes por el purgatorio de algún dolor. Las emociones del amor no le dejarán en este respecto lugar a dudas a nadie que las haya sentido verdaderamente, a no ser que sea algún joven poeta de escasa inspiración y que por lo mismo canta lo que menos conoce: el dolor. El placer que nos produce la contemplación de un bello cuadro, de una hermosa estatua, la lectura de un buen libro, el conocimiento de una vida heroica, la admiración de los paisajes de la naturaleza, es, por dicha nuestra, perfectamente positivo y no necesitamos conquistarlo por medio de ningún tormento anterior.

La verdad es que el pesimismo constituye el fruto de un estado social imperfecto, malo, hostil, y uno de los problemas que tiene la ciencia por delante es destruir y aniquilar al pesimismo merced a la transformación y mejoramiento del estado social.

La solución de este problema es más difícil que entre nosotros en la vieja Europa, que se halla atada a su pasado por mil tradiciones falsas que en cierto sentido tienen petrificados a buen número de sus espíritus. Es una prueba de esa incapacidad para mirar los problemas humanos frente a frente y esforzarse por resolverlos sin el auxilio de tradiciones reconocidamente erróneas, la novela de A. Fogazzaro llamada El Santo. Ver la salvación de la sociedad, como se dice en ese libro interesante, en la renovación del catolicismo efectuada gracias a la infusión de doctrinas nuevas en los arcaicos dogmas, es sólo la inspiración de un misticismo decadente.

La filosofía que se levanta frente a frente de este misticismo, evangelio de la desesperación y del optimismo, evangelio de la inacción, es el meliorismo[9]. El meliorismo es el utilitarismo científico que descansa en la ley de causalidad y en la eficacia de la acción humana bien dirigida. Como su nombre mismo lo da a entender, esta doctrina que aspira exclusivamente al mejoramiento de las condiciones de la vida humana. Está muy lejos de repetir con el optimismo que el nuestro sea el mejor de los mundos posibles; pero tampoco cree con el pesimismo que no tenga remedio. Se coloca a igual distancia de estos dos extremos y lanza a los hombres sus voces de aliento invitándolos a la acción.

Este término meliorismo fué usado primeramente por la célebre novelista inglesa J. Eliot con el objeto de expresar su propia manera de ser. Constituye el meliorismo un principio dinámico, un principio de actividad, opuesto al laissez faire clásico. Implica el adelanto del estado social por los medios indirectos que inventa la inteligencia y no se contenta únicamente con aliviar los sufrimientos presentes, como lo hace la buena caridad sentimental y vana, sino que aspira (oh, ilusión) a crear condiciones bajo las cuales no existan sufrimientos.