La educación entendida de la manera amplia y completa que hemos visto, que ha de ser lo propio de la función del Estado, hará surgir alguna vez una mayor integración social que produzca una verdadera conciencia social con voluntad e inteligencias sociales.

Hacer uso de estos últimos conceptos es establecer una analogía entre el individuo y la sociedad y considerar a ésta, de igual suerte que al primero, como un organismo. Es una comparación, no biológica, sino psicológica.

La voluntad individual no es más que la facultad que un ser pone en ejercicio para satisfacer sus deseos. La impresión que llega a la conciencia produce un movimiento reflejo que es la acción apropiada. En la sociedad las necesidades de los individuos (en cuanto tienen importancia colectiva) luchan por alcanzar el campo de la conciencia social, que es el Estado organizado, y tratan de verificar reacciones análogas que ocasionen la satisfacción deseada. En los gobiernos bien constituídos esta analogía es muy clara y se logra conseguir en ellos cierto grado de correspondencia o simpatía en contestación a los movimientos de los centros sociales, algo semejantes a los reflejos de la voluntad individual. Pero aun en las formas de gobierno más rudas y bajas existe un poco de aquella correspondencia. Todo gobierno, aun el más despótico, es hasta cierto punto representativo del estado social en que funciona, y muy a menudo, más de lo que generalmente se cree, es tal vez el mejor que puede existir dentro de las circunstancias en que actúa. Por ejemplo, se considera generalmente al gobierno ruso fuera de armonía con el pueblo del imperio; pero esto es probablemente un error que proviene de dos causas. Aquellos que viven bajo un gobierno más liberal se inclinan a imaginarse que las otras sociedades han de ser como la suya propia. Se olvidan que la gran razón porque un gobierno es más liberal reside en que la sociedad es mucho más inteligente, y que es la sociedad la que determina el carácter del gobierno. La segunda equivocación resulta de que el pueblo ruso es muy heterogéneo. Existe en ese país una numerosa clase inteligente que no merece el gobierno bajo cuya tiranía padece. Pero esta clase es relativamente pequeña y el gobierno representa más bien a la gran masa del pueblo, para la cual tal vez no sería fácil encontrar un gobierno mejor. El gobierno tiene siempre que adaptarse a la peor de las clases de la nación y una pequeña banda de ciudadanos incultos rebaja su standard en una proporción mucho mayor de lo que debería ser, según la importancia de dichos ciudadanos. Esto hace que la clase inteligente aparezca como peligrosa y turbulenta, e induzca a algunos a mirar la inteligencia como una calamidad antes que como una bendición. El mayor desideratum social es cierto grado de uniformidad en las inteligencias o sea la homogeneidad moral e intelectual.

Que los gobiernos fracasen a menudo en sus medidas para satisfacer las aspiraciones sociales, es explicable de la misma manera que son explicables los fracasos de la voluntad individual. En ambos casos el mal está en la ignorancia de las leyes físicas y en especial de las de la naturaleza humana. En los gobiernos es ignorancia de las leyes sociales. Aquellos que hacen leyes malas, ineficaces o perjudiciales, no tienen conocimiento de la naturaleza de las fuerzas sociales.

No es lógico, pues, sólo por esas faltas de éxito argüir que el Estado no debe extender más sus poderes. Él es el órgano de la conciencia social y debe tratar siempre de obedecer a la voluntad de la sociedad. Debe estar pronto a conseguir o hacer lo que la sociedad pida. Las funciones del gobierno no están necesariamente limitadas a las pocas que ha desempeñado hasta ahora. El único límite es el del bien de la sociedad y mientras exista algún medio para conseguir este fin por la acción del Estado, ese fin debe ser puesto en práctica.

De los gobiernos existentes es posible decir que sólo en grado muy insignificante constituyen la conciencia, la voluntad y la inteligencia de la sociedad. La conciencia social ha sido hasta ahora excesivamente débil, pareciéndose más bien a la conciencia de un caenobium como en las Flagellata y Ciliata antes que a la de cualquier animal superior. La voluntad social es por esto tan sólo una suma de deseos contendientes que se neutralizan en gran escala unos a otros y consigue muy poco movimiento en una dirección dada. El intelecto social es un pobre guía por ahora, no porque no sea suficientemente vigoroso, sino porque los conocimientos que se refieren a la sociedad son tan limitados y los que existen están en las cabezas de aquellos individuos que no tienen voz en los negocios del Estado.

Sólo por medio de esa educación amplia de que se ha hablado antes, y después de largos períodos, llegarán a ser la voluntad y la inteligencia social para la sociedad algo semejante a lo que es ahora la mente para los individuos.

Los gobiernos del pasado y del presente han sido y son esencialmente empíricos. Los términos de monarquía y democracia con que se les designa han pasado a ser inadecuados.

Casi todas las monarquías de Europa, con excepción de dos, son ahora democracias, si es que hay algún gobierno que merezca este nombre, y en América, donde todo son repúblicas en el nombre, en el fondo son autocracias y oligarquías, en las cuales las elecciones se reducen a meras farsas.

Donde la evolución ha sido más completa, los gobiernos han pasado de ser autocracias a ser aristocracias y democracias. En estos cambios la naturaleza humana no se ha alterado: el egoísmo sigue siendo el mismo. Lo que ha variado es la manera de satisfacerlo.