El resultado general ha sido que el mundo, después de estar regido por autocracias y aristocracias y habiendo entregado la dirección de sus destinos a la democracia, ha venido a caer, en virtud de la reacción que se ha verificado en contra de los poderes personales que ha disminuído notablemente la acción de los gobiernos, en las manos de las plutocracias. Estas tratan de supeditar a las democracias que suponen su existencia ajustada a supuestas leyes naturales, lo que las haría dignas también de ser denominadas fisiocracias. En realidad, por su afirmación interesada de que es menester limitar las facultades de los gobiernos, lo que hacen es sostener el imperio de un individualismo exagerado que mantiene a las naciones en una situación acrática (acracia) por no decir anárquica. Laissez-faire es la divisa de este extremado individualismo que conduce a la anarquía en todo, menos en el reforzar los derechos de propiedad existentes, divisa que se proclama en alta voz y mantiene cegada a la opinión pública sobre la verdadera condición de las cosas.

Los males existentes son grandes y serios, y comparados con ellos los crímenes, ya declarados tales, que pudieran cometerse si no hubiera gobiernos, serían futilezas. Todas las desgracias que resultan del trabajo mal pagado, del exceso de labor, de las fuerzas perdidas, de las malas condiciones de vida, de las muertes prematuras, etc., sobrepasan en importancia y en consecuencia en un solo año a todos los crímenes juntos de una centuria. Este vasto teatro de males se considera por los individualistas fuera de la acción de los gobiernos, al mismo tiempo que se pone en acción un estruendoso esfuerzo para reducir a prisión y castigar al perpetrador del más insignificante de los crímenes catalogados en los códigos.

Los gobiernos primitivos, cuando sólo imperaba la fuerza bruta, eran bastante fuertes para asegurar una justa y equitativa repartición de las riquezas. Hoy día, en que la fuerza mental lo puede todo y la fuerza física vale relativamente poco, están desarmados para intervenir de esa manera. Esto prueba únicamente que debe ser robustecida esa esencial facultad del gobierno de proteger a la sociedad. Es enteramente ilógico el afirmar que la ambición y el egoísmo que buscan su satisfacción por medio del abuso de la fuerza física, deben ser prohibidos mientras que la misma satisfacción que se busca por medio de la fuerza mental o de la ficción legal deba ser permitida. Es absurdo reclamar que la injusticia cometida por los músculos sea impedida y que la cometida por el cerebro goce de toda libertad.

¿Dónde está el remedio para estos males? ¿Cómo podrá libertarse la sociedad de esta última conquista de la autoridad efectuada por el intelecto egoísta? Ha impedido el abuso de la fuerza bruta por medio del establecimiento del gobierno; ha suplantado a las autocracias por las aristocracias y a estas por las democracias, y ahora se encuentra ella misma en las redes de la plutocracia. ¿Escapará la sociedad de este peligro? ¿Necesitará, para conseguirlo, volver a confiarse a un autócrata o debe resignarse a ser aniquilada? Ni lo uno ni lo otro. Existe un poder y sólo uno que es más grande que el imperante en la sociedad. Ese poder es la sociedad misma. Hay una forma de gobierno que es más fuerte que la autocracia, la aristocracia y la democracia y aun que la plutocracia: es la sociocracia.

El individuo ha reinado ya bastante. Ha llegado para la sociedad el día en que le toca tomar en sus manos sus propios asuntos y dar forma a sus destinos. El individuo ha obrado lo mejor que ha podido y de la única manera que le era posible. No debe ser censurado. Aun más, debe ser alabado y aun imitado. La sociedad debe aprender de él la manera de tener éxito. Debe imaginarse ella que es un individuo con todos los intereses que le son propios, y perfectamente consciente de ellos debe proseguir su satisfacción con la misma indomable voluntad que han gastado los individuos.

La sociocracia será diferente de todos los gobiernos que se han imaginado; pero esta diferencia no será radical hasta el punto de requerir una revolución. La democracia es capaz aun sin cambiar de nombre, de convertirse suavemente en una sociocracia. Porque, aunque parezca paradojal, la democracia que es ahora la más débil de todas las formas de gobierno, puede llegar a convertirse en la más fuerte.

La sociocracia significa el gobierno de la sociedad entera y no el de partidos y banderías que mientras se hallan en el poder tienen al frente otros partidos y banderías que son sus enemigos y sólo aspiran a derrocarlos para hacer una vez en el poder poco más o menos lo mismo que sus predecesores censurados y derribados por ellos.

En el régimen sociocrático la legislación dejará de ser principalmente coercitiva y prohibitiva, como ahora, y pasará a ser atractiva, de igual manera que el trabajo, fundado en la necesidad de actividad que tiene el organismo humano, no será una condenación sino una bendición también atractiva.

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CONCLUSIÓN

Hemos llegado al fin de nuestro análisis que no ha sido tan detallado como lo merecería la filosofía de Ward.