¿O no tenemos tal vez los elementos para dar a las mejores enseñanzas de la ciencia y de la filosofía modernas formas adecuadas a nuestras condiciones de pueblos nuevos, que nos permitan establecer y aplicar principios, conceptos e innovaciones que a su vez recobren sobre el resto del mundo?

Aunque dudemos de esta posibilidad, debemos tentarla. Como ha dicho Hoffnidg, el que no se atreve a equivocarse no acierta jamás con la verdad.

Si queremos dar a nuestra patria y a nuestra raza personalidad en el concierto de la humanidad, debemos esforzarnos por darle personalidad espiritual, es decir, artística y científica.

El que no nos atreviéramos a esto encontraría una mengua para nuestro carácter, así como es en cierto grado dolorosa, vergonzosa, la situación internacional de nuestro idioma castellano.

Nuestra bella lengua, que es el órgano de cincuenta millones de hombres, no ocupa en el universo intelectual un lugar de primera fila, ni mucho menos. En las aulas en que se celebran los Congresos científicos europeos, el español no resuena. Hasta en un congreso sobre educación moral que se verificó en Londres en Septiembre de 1908, los únicos idiomas que circularon fueron el inglés, el alemán y el francés. Y se trataba de una materia que no exige para realizar experiencias en ella ni institutos especiales, ni una técnica científica muy complicada.

Creo que esta situación nos apocará, nos enfermará moralmente, si nos resignamos sólo a ser siempre satélites y no encaminamos el ánimo hacia el fin de dar a la lengua castellana y a la cultura hispanoamericana un lugar eminente y de igualdad con las primeras de la tierra. Empecemos por sentir la necesidad de hacerlo. Al lado de los pocos que con igual propósito trabajan en la madre patria, luchemos con constancia, con energía de cíclopes, para encender los focos de la cultura hispanoamericana que deben marcar una nueva faz en la historia de la humanidad.

Convenzámonos de que esos fines no los alcanzaremos únicamente con el cultivo de las letras. Sólo la ciencia nos conducirá a ellos, la ciencia que disciplina el carácter y la inteligencia, la ciencia que endereza el espíritu hacia la libertad del pensamiento y de la acción, y de la cual ha dicho Ostwald, el sabio profesor de la Universidad de Léipzig, que es la raíz de toda cultura y al mismo tiempo su más espléndida flor.

Las tareas de este heroísmo de la paz son las que os propongo como divisa, ¡oh, jóvenes! y podemos estar seguros de que con un movimiento intelectual de carácter social, científico y filosófico, conseguiremos, por lo menos, dos cosas: hacer algo que tenga un alto valor en sí mismo, dando a nuestras vidas orientaciones elevadas y morales, y simultáneamente recobrar sobre nuestro organismo social, arrostrando en esta procesión de las antorchas del porvenir, a los rezagados, a los perezosos, a los egoístas, e imponiendo las reformas que reclaman el examen racional e histórico de nuestra sociabilidad en sus relaciones con la cultura humana general, reformas que las interminables querellas y la ambiciosa o epicúrea inacción de los políticos, indefinidamente dilatan.

Tales son las águilas y las banderas de las legiones del heroísmo de la paz, que sostienen el imperio de la ciencia que ya existe, y avanzan hacia el de la justicia que existirá.

Si logramos que estos sentimientos arraiguen en nuestras entrañas, y, al calor de noble entusiasmo, que nos ha agitado en estos días y nos agita ahora, nos es dado fundirlos con nuestro ser, podremos decir que hemos celebrado el centenario de la independencia argentina uniendo fraternalmente a los héroes de la República hermana con los nuestros, y buscando en el recuerdo de ellos luz, fuerza moral y orientaciones para el porvenir. Nos imaginaríamos que, armados de un bagaje espiritual digno de un dios germánico de la familia de Odin, a saber: de energía, de valor y de sinceridad, habríamos realizado una romería al templo de la gloria para decirles a los héroes de nuestra raza: