Por las costas de Chile.—Mollendo.—El Callao.—Lima.—Espíritu español.—Atraso político de los peruanos.—Gentileza de la gente culta.—Problemas internacionales.—Panorama de la naturaleza y de los pasajeros.—Un atormentado.—Panamá.—El Canal.
El camino más corto para ir desde Chile a los Estados Unidos es a través del canal de Panamá. Los buenos vapores se demoran ya de Valparaíso a Nueva York sólo diez y ocho días, y es probable que antes de un año no necesiten más de quince y aún menos.
La rapidez y la economía que así resultan compensan la falta de otros atractivos que pudieran deleitar a los viajeros a lo largo de la costa del Pacífico meridional. Esta costa es monótona, y fuera de Valparaíso y tal vez de Antofagasta, no ofrece grandes puertos que puedan despertar la admiración o la curiosidad en algún sentido. Hablar de grandes puertos, refiriéndose a los lugares chilenos nombrados, debe entenderse dicho con relación a las ciudades, porque en cuanto puertos, bien sabido es que son detestables y que difícilmente habrá otros peores en el mundo. Si en cualquier peñón desierto en medio del océano se levantara un poste con un letrero que dijera «Puerto», seguramente resultaría más abrigado que cualquiera de los dos.
La costa occidental no presenta a la vista el regalo de algo semejante a los panoramas encantados de Río de Janeiro, Santos y otros puntos tropicales de la costa oriental.
Tampoco centellean de noche en ella los innumerables faros que animan sin cesar las pobladas orillas del Mar del Norte europeo; ni aguzan la vista de los pasajeros, como ocurría en este mar antes de la gran guerra, el pasar continuo de transatlánticos ni el deslizarse en medio de centenares de barquichuelos pescadores de pintorescas velas.
A bordo no se baila, y apenas se toca. Por lo demás, no es mucho lo que perdemos con no oir más seguido el piano de nuestro vapor, el Aysen, porque, por lo viejo, desafinado y chillón, resultan sus sonidos capaces de hacer temblar de irritación a los nervios más bien puestos. Un maestro se arrojaría al mar antes de poner las manos sobre ese teclado. Entre los pasajeros hay sólo tres niñas, que son las que hacen los gastos de nuestros escasos entretenimientos sociales con algún encanto femenino.
No se divisan más de dos parejas que «flirtean». En la rada de Coquimbo, primera escala del vapor, contemplaban un joven y su compañera a las vendedoras que habían subido a vender frutas, dulce de papaya, confitados, quesos, canarios, objetos adornados de conchas, etc.
—Estas cosas son traídas de La Serena y de los valles vecinos, le dijo él. Por haber llegado tan tarde el vapor, me ha fallado uno de los primeros números de mi programa de viaje. Tenía vivo interés en alcanzar a visitar La Serena, que es mi pueblo natal, ver sus calles coloniales adormecidas en su estagnación semi-secular; pero ya es de noche. Tengo que contentarme con divisar sus luces que parpadean cerca de la costa. Es un suplicio tantálico: anhelaba ir allá; tengo a la vista el lugar de mi anhelo y sé que será imposible conseguirlo. Es una imagen en pequeño de lo débiles que suelen ser nuestras fuerzas ante el destino. En estas circunstancias las lucecitas de la ciudad querida me parecen las miradas de una mujer que se desea y no se alcanza, aunque ella misma quisiera ser alcanzada.
—Quién sabe si tanto en el caso de la mujer como en el de la ciudad es lo mejor que pudiera ocurrir para no perder la ilusión, dijo suspirando un señor maduro, que estaba cerca.
La niña sonreía sin entender tal vez la pena del joven ni el dolor que palpitaba en la triste reflexión del señor maduro.