Uno de los «flirts» produjo resultados francamente saludables. Para aliviarlo de una honda neurastenia, llevaba un padre a su hijo a viajar; y el juego del amor, las dulces coqueterías de una simpática niña, pudieron más para mejorarlo, sin duda junto con la acción del descanso y del aire del mar, que todos los médicos que lo habían atendido y drogas que había engullido antes. He considerado el caso muy digno de ser mencionado, sin que piense que el remedio haya de ser recomendado siempre.
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Los pasajeros leen, se pasean, juegan a las cartas, al dominó, a los dados para beber los indispensables aperitivos antes de almuerzo y comida, o cualquier cosa a toda hora. Los norte-americanos dan pruebas de mayores aficiones gimnásticas que los demás. Juegan al lanzamiento de pequeños discos de madera en el puente, y lo hacen con grandes gritos y alboroto y en mangas de camisa. También gastan más empeño que otros en recorrer el vapor diariamente de popa a proa con trancos elásticos.
Hay un japonés que no se mete con nadie. Retraído, huraño, fuma, toma notas, y tiene una marcada fisonomía de bicho mal intencionado.
Viene un joven argentino, que es un pequeño «super-hombre». No muy alto, delgadito, anguloso, muy metido en sí mismo, de pantalón blanco irreprochablemente planchado y doblado abajo, de inmaculadas zapatillas blancas con suave suela de goma; se pasea abstraído en sus hondos pensamientos, muy derechito, lanzando las piernas como si obedecieran a resortes muy bien montados! Protesta de que no le preparan el baño a tiempo, llama a los mozos a grandes voces y habla de una comisión de su gobierno que lo lleva a los Estados Unidos. Parece que tuviera en sus manos los destinos de toda la América Española.
La costa de Chile va acompañada de cerros que en las latitudes del norte acentúan su carácter árido, estéril, monótono. Aquí limitan al desierto o a la pampa y son de un color café claro. Se presentan formados de una substancia al parecer blanda, sin una planta, repulsivos, contrarios a la vida, y como dispuestos a tragarse al hombre que se atreva a aventurarse en medio de ellos. Y detrás de esta barrera se encuentra el salitre, la inmensa riqueza que fecunda la tierra y es fuente de vida.
Antofagasta, la principal ciudad chilena del norte, se levanta en las faldas de estos cerros desolados. Contemplada desde a bordo, se presenta como un pequeño pueblo ahogado en los brazos de la montaña triste y aplastante. Mirada de cerca, ya es otra cosa. Pero no siempre es fácil desembarcar y llegar a ella. Hay días,—y el en que nosotros fondeamos fué uno de ellos,—en que el mar forma tantas olas aquí como en el lugar más abrupto de la larga costa chilena. Los vapores fondean lejos y danzan sin cesar, acompañados de los botes y vaporcitos que se acercan a ellos, y suben y bajan diez o doce metros en un movimiento continuo.
Los angustiados pasajeros, que desean o tienen que desembarcar, deben esperar el momento preciso en que el bote se acerca a la base de la escalera para saltar sin peligro, pero no sin que sea menester dar pruebas de gran agilidad y acrobacia. Aun así no escapa el pasajero libre de una buena mojada.
Las calles de Antofagasta son anchas, y en ellas reina la animación de una ciudad activa y llena de vida. Se hallan pavimentadas de asfalto de roca, hecho en mejores condiciones que en cualquiera otra ciudad de Chile, y las recorren automóviles y victorias limpios, nuevos, brillantes. La población tiene cincuenta años de existencia y cuenta sesenta mil habitantes más o menos. Hay buen alumbrado eléctrico, buen agua potable, y hasta jardines, quintas y parques preciosos. Los chilenos han creado un oasis al borde del desierto.
Iquique, más que una ciudad, es un campamento. Le falta de la verdadera ciudad el carácter de mansión definitiva, de lugar elegido por el hombre para establecer su hogar. Es una plaza de tránsito en que los hombres se congregan para enriquecerse y divertirse. Y en cuanto pueden se marchan. Es un campamento que no tiene nada de desagradable y donde se lleva una vida ligera y fácil. Cuenta con algunas calles amplias y hermosas y con un bello paseo a la orilla del mar. Desgraciadamente, según informaciones que recibí al pasar, en lo que más importa a la vida no es un campamento nacional, sino extranjero. Las principales industrias y el gran comercio se hallan en manos de extranjeros, y hasta el agua que usan y beben los habitantes la suministra una compañía foránea que cobra por ella los precios más exorbitantes que es dable encontrar en el mundo.