El caballo no tiene nada de aquella apostura arrogante, en que parece que se estuviera sofrenando una exuberancia de energía, y que se usa generalmente para representar a sus congéneres en las estatuas ecuestres. Es un pobre caballejo flaco y vulgar, que revela estar en la actitud más tranquila posible, sin ningún movimiento, la larga cola caída, las piernas traseras juntas, las delanteras también y el cuello y la cabeza inclinados con simpática resignación. Es un animal de trabajo y de lucha. Da muestras de comprender, por lo demás, la situación de su amo y que el momento no es propicio para ninguna clase de escarceos. El artista podía haber esculpido al indio invocando al cielo de pie. No habría tenido tal actitud nada de irreal; pero no habría sido lo mismo. De pie o de rodillas, el indio pudiera hacer pensar en la ejecución de una ceremonia ritual, mientras que tal como está a caballo, se ve que no se trata de un rito, sino que la angustia le apretó el corazón en plena vida y que lanza su queja a las alturas infinitas en un momento de desolación. El indio no se dirige a un fetiche o a un ídolo, sino al más alto espíritu. Esta estatua entraña una significación comprensiva de una situación humana de todos los tiempos. Si el personaje esculpido hubiera sido un hombre de nuestros días, no habría sido así y tal vez no habríamos traspuesto, al admirar la obra de arte, los límites de nuestra época contemporánea. Ese indio, ese hombre primitivo, representa el alma humana recién abierta a la vida y ya herida por el misterio; la representa en su primera tribulación mística; y las almas que hoy día, después del correr de los siglos, aun sufren de esas tribulaciones no pueden dejar de contemplar con emoción y simpatía, con ternura de hermano, a ese bárbaro sencillo, que inició el gesto de interrogación desesperada que la humanidad ha venido repitiendo sin cesar y que nosotros solemos formular todavía ante los enigmas, los vacíos y los dolores de la vida.

La estatua de Dallin hay que agregarla a la cuenta del espíritu religioso de los norteamericanos.

CAPITULO V
NOTAS DOCENTES

La Academia de Milton.—El Colegio de Wellesley.—¿Cómo nos juzgan a nosotros?—Psicología de los latinoamericanos según el profesor W. R. Shepherd.—El panamericanismo.—La doctrina Monroe.

Los campos de Massachusets están sembrados de muy buenos colegios. Me tocó en primavera visitar dos de ellos, la Academia de Milton, para niños y el Colegio de Wellesley, para niñas.

A veinticinco minutos de Boston cerca de la aldea de Milton se encuentra la Academia de este nombre. Es una escuela de enseñanza secundaria con internado y medio pupilaje. También admite niñas en calidad de externas; pero no hay propiamente coeducación, porque se las educa en pabellones separados, salvo en la sección preparatoria, adonde concurren niñitos y niñitas de menos de doce años conjuntamente. Esta sección es igualmente sólo para externos.

El establecimiento y los alrededores que le pertenecen presentaban el día que fuí a verlo un bellísimo aspecto. Sólo por la muchachada que se ve jugando en los campos adyacentes puede pensar uno que se halla en un colegio. Por lo demás, nada se ofrece a la vista que evoque las formas generalmente severas, a veces lóbregas y tristes, de los colegios ubicados en los pueblos. Las avenidas por que se hace el tránsito desde la estación, están orladas de árboles en flor; la tierra, de suaves colinas, cubiertas de un tapiz verde brillante, es un deleite para los ojos; y de todo fluye, estimulado por el sol primaveral, un perfume penetrante, tibio y entonador, el rico y sano perfume de los campos y de la vida que se renueva.

En medio de este ambiente, diseminados entre prados, se levantan los edificios de la academia que consisten principalmente en tres chalets, que sirven de residencia para los internos, un pabellón, donde se encuentra el comedor para todos y la cocina, dos pabellones donde se hallan las salas de clases y gabinetes, el gimnasio y la enfermería.