Más allá de un umbroso parque en los bordes de la población por el lado sudoeste, se alza en una despejada elevación natural del terreno la colosal obra de granito. Es un obelisco inmenso de quinientos cincuenta y cinco pies de alto, que se eleva hasta el cielo como un ástil enorme, cortando la bóveda azulada con sus líneas rectas, majestuosas y ligeramente convergentes hacia arriba. La ideación de este monumento revela cierta audacia artística e intuición psicológica. No era fácil adivinar en la simple contemplación de un plano el efecto maravilloso que iba a producir en la realidad dentro de su extremada desnudez: de aquí que fuera audacia concebirlo; y por lo mismo corresponde admirablemente, como tal vez ninguna otra cosa pudiera haberlo hecho mejor, a la grandeza, sólida sencillez y rectitud del héroe que inmortaliza: de aquí su mérito psicológico. En sus caras lisas de dura piedra gris, no se encuentra ninguna inscripción, ningún relieve, ningún medallón representativo. La columna se yergue soberana sobre la capital y la planicie como un gigante silencioso, reconcentrado y bueno, encargado con su actitud de proclamar por la eternidad la gloria de un grande hombre; como un gigante que despidiera efluvios bienhechores y obrara en los espíritus por la evocación de valores morales. «No os admiréis, parece decir, de mi mudo continente acerca de mi significación. A mí no me hacen falta caracteres escritos, ni cifras, ni retratos, ni vanos adornos. Vosotros que pisáis esta tierra del héroe no podéis ignorar porque estoy aquí. Miradme, meditad y elevad vuestros corazones en una oración de civismo».

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Boston goza del renombre de la ciudad más intelectual de los Estados Unidos y sus habitantes pasan por ser los que hablan el más atildado inglés del país. Boston es la capital del Estado que cuenta tal vez con el mayor número de colegios y de los más afamados. En la ciudad misma encontramos la Universidad que lleva su nombre, y en Cambridge, separada de ella sólo por el río Saint Charles, se hallan la célebre Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusets, el primero en su género en el continente. Lo que hace un total de tres grandes universidades para la ciudad, circunstancia que viene a corroborar los renombres que he mencionado.

Las calles del viejo Boston, ocupadas principalmente por los barrios comerciales, son tortuosas e intrincadas. Mientras en Nueva York es muy fácil orientarse, en las calles de la capital de Massachusets es muy fácil perderse. Downtown en Boston forma un dédalo. Tal vez algún aficionado a investigaciones complejas se sentiría inclinado a buscar una relación de causalidad entre lo laberíntico de las calles bostonianas y la intelectualidad de sus pobladores. Y luego, por un salto de imaginación, podría considerar la monotonía de las rectilíneas calles de los pueblos hispanoamericanos y llegar a conclusiones contrarias. Pero me parece que éstas serían conexiones aventuradas, fundadas en accidentes superficiales y que ningún lógico de la Universidad de Harvard se atrevería a autorizar.

Boston posee un Museo de Bellas Artes, riquísimo en obras de todos lo tiempos.

Admirable es la colección de acuarelas de Edward Boist, que representan paisajes y pueblos. El arte en estos cuadros se manifiesta principalmente como un resultado de la técnica del artista. El colorido es magnífico. El procedimiento de Boist consiste en el empleo y aplicación de anchas rayas y grandes puntos, combinados con manchas de color. No hay ningún cuadro que sea un caso de inspiración propiamente dicha.

Llaman la atención también las acuarelas de John Sargent, que se hallan al frente de las anteriores. Muchas representan paisajes, pero otras están consagradas a reproducir escenas sencillas de la vida y revelan una delicada inspiración. Algunos hay que prueban una vez más cuán cierto es aquello de que no existen asuntos triviales y pequeños para el arte cuando el artista es capaz de sentir y expresar la belleza que esos asuntos encierran.

Entre éstas recuerdo «La Lavandería». En un campo verde y pendiente de un arbusto algo seco y con hojas amarillas se extiende una soga en dos direcciones formando un ángulo agudo. Ahí se han puesto a secar una cantidad de piezas de ropa blanca que se destacan con matices ligeramente azulados. Esto es lo esencial del cuadro y resulta bellísimo.

Merece ser igualmente llamada hermosa la colección de pasteles de Juan Francisco Millet. Millet es también artista de cosas modestas, y sus cuadros, que representan escenas sencillas de la vida del campo y pastoril, constituyen una glorificación del trabajo humano en sus formas más humildes. Sus pastores y sus pastoras revelan, dentro de su modestia, la dignidad que acompaña siempre a las personas puras. Por lo demás, el paisaje, el escenario en que estos personajes se encuentran colocados, es generalmente maravilloso. Hay un cuadro intitulado «Puesta de sol, pastora y ganado», que me detuve a contemplar abstraído y con delectación. Se nota en la pastora cierta noble actitud de místico recogimiento ante el astro poniente, que se despide en una gloria de rayos dorados; pero su figura se destaca de tal suerte que parece que fuera más bien el sol el que se inclinara a adorar a esa criatura humana realzada en toda la majestad de su labor sencilla.

En la plazoleta que se extiende por delante de la escalinata de entrada del Museo, se puede admirar la preciosa obra del escultor Cyrus E. Dallin, llamada «Invocando al Alto Espíritu». No es posible entrar y salir del Museo sin quedar encadenado en la contemplación sugestiva de ese grupo genial. He hablado en líneas anteriores del simbolismo psicológico que encierra el grupo «La Soledad de las almas» del escultor Taft y que constituye una de las pruebas del vigor manifestado por los pocos escultores norteamericanos que se destacan. La obra de Dallin confirma esta impresión. Palpitan en ella las vaguedades del misterio, lo cual no quita que al mismo tiempo en la ejecución de los detalles, la mano del artista haya sido guiada por el amor al más perfecto realismo. El grupo en bronce y de porte natural representa a un indio a caballo que con los brazos abiertos dirige sus miradas arriba e implora al cielo.