En uno de los extremos de la Avenida de Pensilvania, que es la principal de Washington, se alza el vasto y magnífico palacio del Capitolio, donde se hallan instaladas la Cámara de Senadores, la de Representantes y la Corte Suprema de Justicia. Esta grandiosa fábrica es de estilo renacimiento y su altísima y conocida cúpula se destaca en el fondo de la avenida como una decoración insuperable.

Del palacio se desciende por escalinatas monumentales al vasto y hermoso parque que lo rodea. En los días en que andábamos de visita por aquí, que eran del mes de Mayo y de insoportable calor, el parque del Capitolio, como los otros de la ciudad, constituía un refugio para los sofocados habitantes. Ahí se les veía en mangas de camisa de espaldas en el césped o sentados a la sombra de los frondosos árboles y tirándoles miguitas de pan a las simpáticas ardillas que, con toda confianza, saltaban alrededor de ellos.

Así como en los países europeos, y especialmente en los del norte, se halla consagrado el estilo ojival como el propio de los palacios consistoriales y otros de carácter público, en los Estados Unidos han recibido consagración análoga para las casas de Gobierno los edificios de estilo renacimiento revestidos de gigantescas cúpulas. De esta suerte encontramos imitaciones más o menos bellas del Capitolio en Oakland, en Sacramento, en Madison y otras partes.

La Biblioteca del Congreso, ubicada no lejos del Capitolio, separada de él por un regular espacio del parque mencionado, es también un amplio y bello edificio. No tiene las proporciones de grandiosidad externa que distinguen a aquel palacio, pero en hermosura interior lo supera con mucho. Los mármoles más ricos y de variados colores han sido prodigados y artísticamente combinados en pisos, escalinatas, columnas y pisos. Las bóvedas, galerías y salas, se hallan decoradas con admirables pinturas murales que simbolizan los estados más importantes de la cultura humana. Sirve de salón de lectura una imponente rotonda octogonal de jaspe amarillo, extensa, alta y majestuosa como un templo. A ella puede entrar cualquiera persona que desee consultar o leer alguno de los dos millones de volúmenes con que cuenta la biblioteca. A la altura del segundo piso, la rotonda forma una galería o tribuna circular a que tienen acceso los visitantes que no van a leer, y en cuyo antepecho se levantan como adornos cerca de veinte estatuas de poetas, filósofos y escritores, en bronce y de porte natural.

No vacilo en decir que el vestíbulo es de una belleza deslumbrante, y que todo el edificio por su riqueza y valor artístico debe ser el primer monumento arquitectónico de los Estados Unidos. Su magnificencia sólo puede ser comparada con la de la basílica de San Pedro en Roma o la del Teatro de la Opera de París.

La biblioteca posee también riquísimas colecciones de mapas y grabados.

Otro importante edificio de la capital, y de especial valor para los hispanoamericanos, es el palacio de la Unión Pan-Americana. Se ve que se ha querido darle un carácter representativo. La construcción es de un estilo que podríamos llamar tropical del coloniaje. El centro de la casa lo forma un gran patio español en el cual se mantienen como adornos, plantas de la zona tórrida. En medio de ellas dan realce a la escena algunos vistosos papagallos. ¿Por qué se ha elegido lo tropical como representativo de toda la América Latina? ¿Los papagallos están ahí como cifras simbólicas de la supuesta verbosidad de los pueblos de este continente y de su disposición a repetir lo que los demás dicen? Quizás no haya habido tal maliciosa ironía, y la preferencia en favor de las plantas y pajarracos de la región ecuatorial haya resultado de que se ajustan mejor que otros a propósitos decorativos en un espacio reducido.

En la cornisa que rodea al patio, se destacan los nombres y los escudos de las naciones latino-americanas y en una galería adyacente, puestos en columnas de mármol, se ostentan los bustos de los héroes de la independencia de estos pueblos: Bolívar, San Martín, Artigas y tantos otros. Una columna se ve desocupada en espera de su busto. ¿Fué destinada quizás por un error a un pueblo desgraciado que no ha tenido héroes? Ah! no. Es la que debe sustentar la imagen del héroe chileno O'Higgins. Mientras tanto, nuestro padre de la patria, algo del espíritu de Chile, está ausente de aquella congregación sagrada de mármoles venerables.

No podemos ocultar que nos dió pena esta muestra de tanta negligencia.

Desde todos los puntos que hemos recorrido, desde todas las calles, plazas y parques, se divisa dominante el monumento del héroe epónimo de la ciudad, del héroe nacional, del gran Washington. ¡Qué concepción más original y grandiosa!