No en todas las ciudades norteamericanas se encuentran cabarets. Estos han prosperado sólo en aquellas en que la riqueza derivada de la intensa actividad comercial, la falta de prohibición alcohólica y un cosmopolitismo libre de ciertas tradiciones religiosas puritanas, han permitido el florecimiento de la alegría fácil y de la vida mundana. En tal caso, se encuentran principalmente Nueva York, Chicago y San Francisco. Desde este punto de vista, Washington es una pequeña ciudad que se aburre un poco de noche en medio de sus virtudes de abstinente, y Boston es demasiado severa para que dentro de sus paredes vetustas puedan oirse los cantos y desarrollarse las danzas que después de las horas de trabajo, divierten a las poblaciones de los tres primeros centros nombrados.
Un cabaret es un restorán generalmente amplio y muy a menudo recargado de decoraciones y pinturas de mal gusto. En el fondo se levanta un proscenio, y se deja además un espacio libre, de forma ovalada, en medio de las mesas, para que se ejecuten los diversos números de la show o espectáculo y bailen después los comensales mismos.
El derroche de luz principia en la calle. Los anuncios de los cabarets son vistosos, llamativos, con luces de diversos colores en movimiento, como corrientes de pedrerías. En el interior arañas y lámparas de formas fantásticas y no pocas veces extravagantes alumbran plenamente el recinto. La sala se obscurece ligeramente cuando es menester hacer proyecciones coloreadas sobre las cantatrices y danzantes.
No hay que esperar oir ahí gran música. La orquesta es por lo común sonora, bizarra, a menudo estridente y las piezas que ejecuta con frecuencia son los aires pegadizos de los descompasados bailes americanos.
El programa de la show comprende números de acrobacia, de canto, de bailes individuales, de violín y otros instrumentos de música. En algunos cabarets el piso de la parte central está arreglado de manera que puede helarse, y se ofrece entonces el espectáculo de destrísimos patinadores. Pero lo esencial es la exhibición de mujeres con frecuencia muy hermosas, de bellos cuerpos delgados y flexibles, y elegantemente vestidas. Cantan en coro con el conocido sonsonete de las canciones americanas, y se mueven a compás, casi siempre lentamente, como siguiendo el paso de un fox-trot tranquilo y haciendo figuras para lucir sus formas esculturales sin exhuberancia de carnes y sus ricos trajes. No es raro que se busque el representar con éstos, diversas épocas históricas o acontecimientos de carácter patriótico.
Hay cabarets tan grandes, que el espectáculo tiene que repetirse de un lado a otro de la sala, para que lo vean todos los comensales. Otros ocupan tres o cuatro pisos de un mismo edificio y en cada uno de ellos se ofrecen diversas show simultáneamente.
Terminado el programa le llega su turno al público mismo, que se entrega al baile entre plato y plato, o entre copa y copa. Las parejas bailan como mejor les acomoda, no hay reglas fijas y lo esencial es seguirse. Cada cual toma como compañera a su mujer o alguna amiga: no es permitido sacar a una dama que no se conoce, costumbre muy razonable porque los bailes americanos tal como se practican aquí, son ante todo de carácter bastante íntimo. En ocasiones los cuerpos se mueven demasiado juntos, e inclinándose él sobre ella o ella sobre él, los pechos y los rostros se tocan a menudo en un abandono lánguido.
No es fácil entrar en apreciaciones acertadas sobre el valor moral de las artistas de cabarets, pero nunca observé en estos sitios otras cosas que las que dejo descritas. Aun más; en uno de los mejores de Nueva York pude cierta vez admirar a una joven y hermosa bailarina que danzaba con particular donaire. Vestida de una túnica ligera se diseñaban claramente al través de ella las formas de su cuerpo delicado. A poco de terminada la show me llamó la atención una niña sentada a una mesa vecina de la nuestra. El humo lanzado por unas damas que fumaban, no permitía ver en un principio; pero luego me pude convencer de que la niña era la misma bailarina que había admirado hacía poco. Nadie lo habría creído. Vestía sencillamente, se notaba en toda su persona cierto aire de puro recato, estaba acompañada de gente al parecer seria, y al lado de ella un joven en uniforme, tal vez un amigo o un sweetheart, un novio. Me dejó la impresión de una modesta obrera que después de hacer su labor se ponía a descansar, y que bailar en el cabaret era para ella simplemente una manera de ganarse la vida que en nada comprometía su honestidad.
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Algunas ciudades han tenido la suerte de ser fundadas en lugares privilegiados, que son como la embocadura de las corrientes de la fortuna y adonde llegan fácilmente los elementos para un gran desarrollo. Constantinopla y Alejandría constituyen ejemplos clásicos de este hecho en el Mediterráneo oriental y Londres, París y Hamburgo, lo son en la Europa occidental. El Nuevo Mundo nos ofrece casos análogos en las metrópolis gigantescas de Nueva York y Buenos Aires. Washington, la capital federal, no puede figurar en este grupo. Ha sido levantada, es verdad, en una posición céntrica de la región oriental y en un hermoso terreno llano o de suaves colinas a orillas del Potomac; pero ni por sus industrias, que son muy pocas, ni por su animación puede competir con los grandes emporios de la Unión. Washington es una ciudad artificial creada por la voluntad del estado americano para servir de sede al Gobierno de la República, al Parlamento Federal y a los representantes de las naciones extranjeras. Carece de aquellas formas de vida que resultan del crecimiento espontáneo de los pueblos; pero sí, posee lo que las riquezas de un fisco fabulosamente opulento han podido hacer; y la capital es una población de bellas avenidas, de parques, de magníficos palacios oficiales y que cuenta en cantidad y calidad con monumentos como no los hay en ninguna otra parte del país. Una amiga e inteligente escritora chilena me decía con mucha sal que Washington le había parecido una ciudad de día Domingo.