Mas, la hospitalidad se encontraba, por decirlo así, sólo en los elementos de la naturaleza, lo que, de todas maneras, no era poco. En los hombres no pudimos admirar esa virtud en los primeros días. Los hoteles y las casas de departamentos y piezas para arrendar se hallaban totalmente ocupados. Se refería entonces que se habían inaugurado hacía poco dos grandes hoteles, con dos mil habitaciones cada uno, y que todas habían sido tomadas en un mismo día.

Buscando piezas en uno de los mejores barrios (en Uptown, entre Broadway y Riverside), llegamos a una casa donde salió a recibirnos un señor de muy buena traza y con un perfecto aire de gentleman, que vivía solo con su señora. Ambos nos mostraron una pieza muy confortable de que disponían; pero después de sus primeras palabras nos produjeron una impresión de desconfianza e inseguridad, que luego se acentuó al ver cómo procedían en la fijación de los precios. No era difícil que ellos notasen en nuestro acento que éramos extranjeros, de suerte que empezaron por poner la puntería muy alta y nos pidieron al comenzar treinta y cinco dólares mensuales por la pieza. Para tentarnos, fueron bajando de motu proprio a treinta primero y luego a veinticinco. Esta falta de seriedad, y el observar que el señor se hallaba medio ebrio, nos hicieron retirarnos muy pronto, no poco desagradados de una de nuestras primeras experiencias neoyorquinas.

Corrimos todavía otra aventura antes de instalarnos definitivamente. Leíamos con avidez todos los días los centenares de avisos de los diarios relativos a pensiones, departamentos y piezas de arriendo; y uno nos tentó. Se ofrecía pieza y pensión en una de las mejores calles de Uptown, y, según decía el aviso, los dueños de casa formaban un hogar cristiano, circunstancia que nos pareció una garantía en medio de la babilonia neoyorquina. Agréguese que tendríamos oportunidad de practicar el inglés a las horas de comida. Predispuestos de esta suerte, aceptamos sin mucha dificultad los precios elevados que nos fijó la señora, quien se encargó de repetirnos lo que ya habíamos inferido de la lectura del aviso periodístico. «En mi casa se lleva vida de familia», nos dijo. Y, en efecto, no se podía negar que el personal de la casa era gente bien, y poco numeroso.

Pero muy pronto pudimos notar que las cosas no iban aquí por el camino de lo confortable, ni de lo abundante, ni de lo cómodo. ¡Cómo nos acordábamos de las que ahora considerábamos espléndideces de los hoteles de Berkeley y de Chicago, y a menor precio, se entiende! No había más que una sirvienta, una maid, para todo el servicio. Era una criatura regalona que hacía el favor de servir y a quien la señora consideraba más que a cualquiera de sus pensionistas. Era tan difícil encontrar empleados en Nueva York, decía la señora, que en caso de perder a su maid, sería casi imposible reemplazarla. La doncella no servía por nada comidas en las piezas, ni aun en caso de enfermedad. Debiendo por este motivo guardar cama varios días mi señora, tenía yo que bajar tres veces diariamente a buscar el desayuno, el lunch y el diner para ella, y subir a nuestro piso con la bandeja llena de platos y cubiertos. Creo que llegué a adquirir cierta destreza en el manejo de estos adminículos. Era capaz de llevar la bandeja equilibrándola perfectamente en alto en la palma de la mano derecha, y comprendí entonces cuánto hay de pose en el aire con que sirven los mozos de los grandes hoteles y restoranes.

Al ajustar nuestras cuentas, la señora me hizo presente que el servicio en las piezas era extra, es decir, me cobró veinticinco centavos más por cada vez que yo había subido con la bandeja. Esto me pareció un colmo, y no muy de acuerdo con lo que debe ser la vida de familia, y más, de familia cristiana.

Movidos por estas impresiones ingratas, resolvimos mudarnos, y al fin encontramos un bello departamento con una buena casera, donde nos quedamos hasta los últimos días de nuestra permanencia en los Estados Unidos.

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Este país, que en tantos sentidos se podría llamar la tierra de la fuerza, es al mismo tiempo el reino de los débiles. No lo es, sí, el de los fracasados.

Los débiles que no tienen la culpa de serlo, las mujeres, los niños, los ancianos, se encuentran aquí en el mejor lugar que puede ofrecerles nuestro planeta. Sabido es que los maridos, por término medio, le andan mirando la cara a sus mujeres para adivinarles los deseos, y es frecuentísimo encontrar en las calles a los hombres de la clase media llevando a sus bebés en brazos o arrastrando el cochecito en que los sacan a paseo. Los ancianos son objeto de delicadas atenciones y ayuda en todas partes. Los niños juegan a sus anchas en las calles donde no hay mucho tráfico comercial. Ocupan las aceras con sus cuerdas para saltar y tiran las pelotas por encima de las cabezas de los transeuntes, sin que éstos en ningún caso se molesten o impacienten. El niño es soberano. Los policiales cuidan especialmente de que mujeres, niños y ancianos atraviesen sin peligro las avenidas y calles en los puntos de mucho movimiento.

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