Niágara Falls es una ciudad muy pintoresca, compuesta en su mayor parte de chalets. Debe ser un bello lugar de veraneo. Se halla formada de dos partes, la una estado-unidense y la otra canadiense. Lo mismo ocurre con las cataratas, siendo más hermosa la sección canadiense.

Como en todos los lugares donde hay bellezas naturales en los países civilizados, la explotación del extranjero se encuentra aquí minuciosamente organizada. Apenas habíamos descendido del tren, a eso de las siete de la mañana, cuando un señor se nos acerca, y, dando pruebas de un golpe de vista bien ejercitado y certero, nos dice: «Ustedes vienen a ver las cataratas; hay que tomar un auto; no se puede ir a pie; necesitan un guía que los conduzca a los diferentes puntos de vista desde donde se debe contemplar el espectáculo; el auto que tengo aquí los llevará, en primer lugar, a un buen hotel, después a las cataratas, y los irá a buscar por último para traerlos de nuevo a la estación a la hora que ustedes indiquen».

Era de una solicitud aplastante el señor. Casi sofocado, le dije: «Pero, señor, déjenos respirar primero, por favor, déjenos dar algunos pasos y mirar un poco por nosotros mismos». Mas, nuestro hombre no cedió un punto y estrechó el sitio. No había posibilidad de reflexionar, de elegir, de optar, no había otros empresarios a quienes dirigirse; todo estaba prescrito y ordenado y había que dejarse conducir.

Fuera de la falta del placer de vagar a su antojo, para lo cual no había tampoco mucho tiempo, el desarrollo del programa formado por nuestro hombre nos resultó satisfactorio y conforme a lo que deseábamos, salvo que los precios del hotel fueron bastante elevados.

Vimos las cataratas en un claro y frío día de Febrero. La gigantesca masa de agua al caer levanta nubes de partículas líquidas que van tan alto, que el que se acerca muy a la orilla las recibe en seguida como lluvia. Al llegar ésta a la tierra, se hiela rápidamente, y el suelo, los árboles y las barandillas de los puentes y de las balaustradas se presentan cubiertos de un esmalte blanco de superficie líquida y resbaladiza. El espectáculo es bellísimo, grandioso, y carece de verdad aquello que se ha solido decir de que las obras de los hombres lo hayan empequeñecido y privado de su imponente majestad.

Hubo un detalle del programa en que el propósito de explotación se veía muy manifiesto, sin perjuicio de que deba reconocerse en justicia que bien merecida se la tenían los que, como nosotros, se dejaban seducir por la tentación que se les ofrecía. Nos condujo el chauffeur a ver, por el lado canadiense, unos rápidos que forma el río poco después de las cataratas, y cuya belleza nos ponderó. Descendimos por un carro de cremallera bastante inclinado a la orilla misma del río, que se precipitaba como un torrente espumoso entre dos riberas muy escarpadas. El paisaje nos evocó en parte la imagen del curso superior de algunos ríos del sur de Chile, que bajan las montañas andinas también como torrentes imponentes ansiosos de llegar al valle central. Más faltaba aquí la selva magnífica, a cuya sombra deslizan sus ondas las corrientes chilenas en un ambiente de misteriosa alegría. No obstante de no carecer de belleza el lugar, se nos había conducido a él, sin duda, porque había ahí una tienda de objetos de recuerdos y un establecimiento fotográfico. Se hallaba éste en una sala sencillamente instalada, cuyas paredes estaban cubiertas de muestras de fotografía que se habían sacado otros turistas en los más bellos sitios de las cataratas. Había algunas tomadas en islotes y rocas y teniendo en el fondo como hermosa cortina la gigantesca caída de agua, orlada de espuma y de polvo líquido. Oh! eran preciosos recuerdos! ¡Retratados en las cataratas del Niágara!

—«Es muy fácil hacer esto aquí mismo, nos dijo el fotógrafo, sin que se molesten con ir a las cataratas. Elijan ustedes los paisajes que prefieran y a ellos adaptaremos las fotografías que tomemos. En una semana más podemos enviárselas al punto que nos indiquen». Escogimos efectivamente algunos paisajes, teniendo cuidado de que no fueran de verano, ya que estábamos en invierno. Luego salimos afuera, y, puestos de espaldas a las piedras del barranco, como individuos a quienes iban a fusilar, nos tomaron las fotografías que debían transformarse después en bellos cuadros del Niágara, que llevarían nuestras imágenes en lugar espectable. Pagamos anticipadamente, y nos fuimos. A la vuelta de quince días recibimos las deseadas vistas. Eran unos mamarrachos que no valía la pena conservar.

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¡Qué feliz fué nuestra llegada a Nueva York! A pesar de ser mediados de invierno, la gran metrópoli del Atlántico se nos ofreció como una ciudad de luz y de sol, bajo un cielo capaz de rivalizar con los más bellos de Italia y de Chile. No había aquí nada del humo ni de las neblinas de Chicago. Nueva York no es sólo una urbe gigantesca de rascacielos, sino también una city de calles y avenidas hermosas, claras y amplias.

El clima es, por lo general, variable, inclemente y extremado; pero la mañana en que llegamos era tan agradable, fresca sin ser fría, y con tal dulzura en el ambiente, que Nueva York nos pareció una ciudad muy hospitalaria.