A medida que nos acercábamos a Chicago, podíamos notar que dejábamos atrás la llanura desolada e íbamos entrando en territorios ricos para la agricultura. Aumentaban los caseríos, había en la tierra innumerables muestras de labranza y había árboles. Estos se presentaban con sus ramas escuetas, arqueadas hacia arriba y esmaltadas de blanco por la nieve, como gigantescos candelabros de múltiples brazos o como esqueletos de verdaderos árboles.
Chicago es una especie de Londres del Middle-West americano. Es un gran emporio industrial, comercial y agrícola y posee el department-store o almacén universal más grande del mundo, Marshall Field and Co., que ocupa dos inmensas manzanas y tiene a la venta de todo. Estando a las orillas del lago Michigan, es Chicago el centro del tráfico entre los grandes lagos y el resto de la Unión. Forma también el más importante centro ferroviario del país, adonde convergen todos los trenes de la región. Yendo en cualquiera dirección, al llegar a Chicago hay que cambiar de tren y tomar otro, cuya hora de salida ha sido acordadamente combinada con otras de llegada. Ningún tren pasa de largo. La capital de Illinois es el punto definitivo de arribo para todos. Aun tomando pasaje directo de San Francisco a Nueva York o viceversa, es de rigor el trasbordo en Chicago.
Las gentes de California se hallan tan convencidas, y con razón, de la bondad del clima de su estado que ponderan las crudezas de los inviernos del centro y del este del país. Tiritan con horror al acordarse de los vientos y fríos de Chicago. Talvez por esta razón nos parecieron más suaves de lo que creíamos, aunque pudimos experimentar varias veces que el cierzo helado hacía doler los huesos y partía la piel de la cara, penetrando en las carnes como el filo de innumerables cuchillos. La escarcha pegada en las aceras y en las calles, restos de nevazones anteriores, se conservaba por el frío, dura como roca; pero en los días que permanecimos en la ciudad no llovió ni nevó. El cielo, sin embargo, se mantuvo siempre gris. Aumentan su tono sombrío el humo de las locomotoras y de las innumerables fábricas de la población.
Las calles son rectas y cortadas por bloques o manzanas rectangulares de inmensos rascacielos de piedra obscura, revestida de pátina de hollín. Las cúpulas y últimos pisos se pierden en la altura, esfumados no se sabe si en las nubes del cielo o en las de humo que envía la ciudad; que todas se confunden arriba en una sola masa negruzca. El humo es tanto que después de andar un rato por las calles, quedan las manos y la cara pringadas de hollín y un gusto acre en la garganta como si se hubiera hecho un largo viaje en tren sin tomar un trago de agua.
Poned en medio de esto los mil ruidos ensordecedores producidos por los trenes elevados, los tranvías, los camiones, los autos, los gritos de los cocheros y conductores de otros carruajes; agregad todavía los movimientos de los gigantescos guardianes en las boca-calles, el andar precipitado, a veces corriendo de la gente, los codazos y encontrones inevitables, el continuo mirar azorado a la derecha, a la izquierda o hacia atrás por el temor de ser atropellado, y podréis formaros una idea de la batahola endemoniada que es el loop o sea la parte más céntrica de la ciudad, donde hasta las cabezas más sólidas se sienten mareadas al principio.
Es verdad que algo igual ocurre en Nueva York, Filadelfia, San Francisco y otras grandes ciudades de la Unión; pero en ninguna con tanta nota gris, tanto humo y tanta bulla como en el loop de Chicago.
Lo dicho no quita que Chicago posea grandes parques y hermosas avenidas y bulevares, como Michigan Avenue y el Grand Boulevard, por lo que ha sido llamada la Ciudad Jardín. Pero sólo en primavera y verano debe ser posible apreciar bien estas bellas cualidades y gozar de ellas.
En Chicago se cultiva el arte musical con mucho empeño; cuenta la población con magníficas orquestas, y algunas señoras me dijeron en una audición verificada en el Mandel-Hall de la Universidad de Chicago, que su ciudad iba en camino de ser el primer centro de la música en la Unión.
Hay también un magnífico Instituto de Bellas Artes, con ricas colecciones de cuadros, esculturas y reproducciones del arte europeo. Entre las obras originales del arte americano, descuella una escultura, La Soledad del Alma, obra del escultor Lorado Taft. Es una creación de un simbolismo psicológico triste y hondo. En bloque de mármol han sido talladas cuatro figuras humanas, dos mujeres y dos hombres, que forman en conjunto un círculo, en que los cuerpos se presentan desnudos de frente y se vuelven mutuamente las espaldas, que permanecen adheridas a la piedra. El mármol se extiende un poco sobre las cabezas, como para imponerles una carga inevitable. Los hombres y las mujeres están tomados de la mano en una ayuda resignada para sobrellevar mejor su común destino señalado implacablemente por la piedra que los oprime y los ata. En todos palpita una expresión de conformidad dolorida. El autor ha sabido esculpir una verdad honda: que el alma suele sentirse de una manera desgarradora íntimamente sola, aunque exteriormente ligada para siempre a otros seres. El grupo constituye al mismo tiempo una preciosa enseñanza sobre las limitaciones de la libertad humana.
De Chicago pasamos a Madison para visitar la famosa Universidad de Wisconsin, de la cual hablaremos en nuestro estudio sobre las universidades norte-americanas; y seguimos a Nueva York, pasando por la ciudad de Niágara Falls, a fin de no dejar de ver las famosas cataratas del Niágara.