—No hay leche, profesor Molina, fué el eco.
Pedí té.
Todo esto había ocurrido sin que hubiera la menor señal de incomodidad o impaciencia de parte del anfitrión y de sus compañeros, sin ningún asomo de protesta, sin llamados al mayordomo o administrador del club. Eran pequeños accidentes sin importancia. Por mi parte me pareció el hecho muy digno de no ser olvidado y de referirlo a algunos señores de mi país que con mucho menos que eso se habrían congestionado de ira y habrían puesto el grito en el cielo en contra de la administración y servidumbre del establecimiento.
CAPITULO IV
AL AZAR DEL CARNET
En viaje.—Chicago.—«La soledad del alma».—Niágara Falls.—Hospitalidad neoyorquina.—El reino de los débiles.—Cabarets.—En Washington.—El monumento del héroe.—El Capitolio.—La Biblioteca del Congreso.—El Palacio de la Unión Pan-Americana.—Falta O'Higgins.—El renombre de Boston.—Su Museo de Bellas Artes.—«Invocando al Gran Espíritu».
Hicimos el viaje de San Francisco a Chicago, que dura tres días, por la línea que pasa por Sacramento y el Gran Lago Salado. Después de atravesar las pintorescas tierras de California, pintorescas y variadas a pesar del invierno, el tren anduvo todo el segundo día y parte del tercero a través de llanuras que ocultaban su desolación bajo el blanco manto de la nieve que las cubría. Algunos montes bajos y colinas daban de trecho en trecho ondulación al terreno. Se adivinaba que el panorama que se presentaba monótono en invierno, debía ser desesperante en verano por la falta de árboles, la aridez del suelo, el calor y el polvo.
El tren cruza medio a medio el Gran Lago Salado por un puente de más de doce millas de largo, que es una atrevida obra de ingeniería y se demora cerca de una hora en recorrer. Aquí sentimos el peso de un clásico paisaje de invierno. Los campos de nieve pueden ser monótonos, pero su blancura deja una impresión de luz que no es enteramente triste. Ahora, a pesar de no estar avanzada la tarde, todo era gris obscuro. A ambos lados del tren se extendía el lago interminable, tranquilo, sin una rizadura, como un cristal negruzco. Sobre su superficie no había una sola embarcación, no saltaba un pescado; ninguna vela agitaba su silueta a lo lejos, y no se divisaba la tierra. El cielo, de un color gris parejo aplastante, comunicaba un tinte sombrío y uniforme a todo el horizonte. Las aguas tenían una serenidad adusta que hacía pensar en poderes ocultos, misteriosos, que amenazaran con daños no conocidos. Aquí cabía decir «Del agua mansa, líbrame Señor»... Sólo al ponerse el sol iluminó con algunas manchas sangrientas la faz ceñuda de la naturaleza.
Nuestros compañeros de viaje eran en su mayor parte señoras. Amables y simpáticas, se nos hizo liviano el viaje charlando agradablemente con ellas y obsequiándonos con bombones y candis.