Profesores y estudiantes forman parte de la Asociación Atlética de la Academia de Milton y del Club Científico. Los alumnos han organizado también el «Club de la Mandolina», el Glee Club (club de la alegría o de los alegres) y el Comité Dramático que tiene a su cargo los entretenimientos teatrales.

Los internos pagan mil dólares al año por instrucción y pensión, los medio-pupilos de los cursos superiores trescientos cincuenta y los de los cursos inferiores, trescientos[8].

Se llama «colegio» en los Estados Unidos a un establecimiento que viene después de la escuela secundaria y forma los departamentos básicos del edificio universitario.

El Colegio de Wellesley es, como he dicho, para niñas y figura entre los más afamados de Nueva Inglaterra. Se halla situado cerca de la aldea de su nombre, a cuarenta minutos de Boston.

Visitarlo fué motivo para mí de un mayor encanto aun que el que me había causado la Academia de Milton. Los campos de Wellesley son más hermosos y el terreno, de ondulaciones más pronunciadas que en Milton, ofrece más bellas perspectivas con prados magníficos y numerosos árboles.

Desde muchos sitios elevados se divisa un precioso lago que se encuentra dentro de los lindes del colegio. En nuestro camino encontramos niñas en bicicleta que corren por las avenidas.

Una vez en medio de los pabellones del colegio, los trajes claros y alegres de centenares de niñas hacen una fiesta de luz y de colores bajo el sol primaveral.

Algunas de las alumnas andan en traje de montar. A nuestro regreso, una partida de ellas pasa al trote de sus cabalgaduras bajo los árboles.

De todos los edificios, el más hermoso es el «Tower Court», donde tienen sus dormitorios alrededor de doscientas niñas. Es un verdadero palacio de estilo gótico, debido a la munificencia de una señora. En el primer piso se encuentran amplios y elegantísimos salones y comedores y en los pisos superiores se hallan las piezas de las niñas que son una monada y de cuyas ventanas se goza del apacible y seductor paisaje de los campos adyacentes.

Fuí invitado por la directora a tomar el lunch en compañía de varios profesores y profesoras. Como siempre ocurre en las comidas escolares de este país, la sobriedad fué la nota característica. Se sirvió una crema, un guiso del cual se ofreció repetición porque no había ninguna otra cosa sólida que comer y, por último, una sencilla compota de postre, y café. Todos los comensales se manifestaron deseosos de conocer algo sobre la educación pública de Chile y les hice una sucinta reseña sobre el particular para satisfacerlos de la mejor manera que me fué posible.