El viajero que pasa a la ligera por Lima no se resiste a aceptar que el monje estuviera en lo cierto. Para ello se juntan a los encantos de que ya he hablado la suavidad y dulzura del clima. Pero los que viven largo tiempo aquí, saben muy bien que esa blandura es enervante, debilitante y perjudicial para la salud, y que los habitantes del paraíso limeño se hallan muy expuestos a ser víctimas del paludismo, fiebre maligna causada por la picadura de un mosquito que se desarrolla en los pantanos de los alrededores.
Dicho sea de paso que cultivando mejor los terrenos circunvecinos, se obtendría la doble ventaja de aumentar la riqueza agrícola y de sanear más esta parte del país. Uno no puede dejar de hacer tal apuntación al observar cierto abandono en los campos que se extienden entre El Callao y Lima.
El espíritu español subsiste en el Perú incorporado no sólo en las cosas, sino en algunas costumbres. Y si no, díganlo las corridas de toros. No me tocó la suerte de asistir a ninguna, pero es sabido que las de Lima no le ceden en brillo, en importancia y en rendimiento pecuniario a las más pintadas de España. Los jóvenes limeños de ambos sexos adoran a los toreros famosos, y guardan sus retratos como los de héroes y grandes artistas. Toreros ha habido que han levantado fortunas de millones de soles, toreando en Lima. Un peruano cultísimo y profesional distinguido me decía al respecto:
«Yo prefiero una tarde en la Plaza de Toros a cinco noches de ópera en el Metropolitano de Nueva York; y usted haría lo mismo, agregaba, si hubiera asistido siquiera una vez en su vida a una buena corrida».
El pueblo peruano encierra en los cuatro millones de almas que lo forman, tres millones de raza india. Por esta razón tal vez es tan frecuente en las clases bajas el tipo pequeño, endeble, casi negro, que hace pensar en tipos sud-africanos. En los gendarmes de Lima se observan generalmente estas características y no hay mucho que admirar en ellos, por supuesto, en cuanto a apostura marcial.
Esta circunstancia racial debe ser también uno de los antecedentes que han obrado para producir el atraso político, la falta de preparación cívica en que aun se encuentra la nación peruana. El Perú no ha salido todavía del período de las asonadas militares y de los gobernantes que suben y bajan en virtud de afortunados golpes de mano y de motines de cuartel, período por que pasaron en diferentes décadas del último siglo todos los pueblos hispanoamericanos y que un buen número de ellos ha dejado atrás afortunadamente para siempre. Al parecer no hay en este país partidos sólidamente organizados ni opinión pública con fuerza bastante para servir de freno a los desmanes de los caudillos y del militarismo. El pueblo, en el más perfecto sentido de la palabra, entendido como concepto comprensivo de todas las clases sociales, teniendo la conciencia de formar una comparsa que no puede influir en la suerte de la República, permanece impasible ante las intrigas de palacio que derriban y elevan mandatarios[1].
¡Qué personas tan finas, amables y de vivaz inteligencia son los peruanos de las clases cultas! En este viaje no he tratado uno solo que no me haya dejado tal impresión.
Aun para discurrir sobre las más espinosas y peliagudas cuestiones internacionales, sobre aquellas que aprietan entre sus mallas el amor propio nacional, he encontrado en ellos espíritus claros y serenos. Charlando a bordo sobre tópicos de esta clase, me decía un diputado:
—El desenlace de la Guerra del Pacífico fué desgraciadamente una cosa natural y lógica. Nosotros teníamos que ser vencidos por un motivo racial. Como usted sabe, las tres cuartas partes de nuestra población están formadas de indios y con la indiada no se pueden hacer buenos soldados. ¿Cómo íbamos a combatir con éxito con el pueblo de ustedes, compuestos de fuertes mestizos o de tipos de raza blanca?
Hablábamos en otra ocasión con otro distinguido peruano a propósito de la, por parte de sus compatriotas, soñada intervención de los Estados Unidos para solucionar la cuestión de Tacna y Arica. Y me decía: