—Es un recurso empleado por algunos politicastros para agitar la opinión pública y mantenerla favorable a ellos, atizar la esperanza de que en el arreglo de nuestros conflictos vamos a contar con el apoyo de los norte-americanos. Esta es una pobre ilusión. Tal cosa no ocurrirá. Nosotros debemos levantarnos en virtud de nuestras propias fuerzas, y resolver directamente nuestros problemas, con cordura y equidad, sin la intervención de nadie de fuera de la América Española.

Escuché con hondo regocijo estas palabras que me producían una sensación de alivio y venían a confirmar y a dar más nitidez a muchos juicios y sentimientos que yo ya sustentaba de antemano. Han estado en lo cierto la inmensa mayoría de los chilenos que han considerado insensato el odio a los peruanos. No revelaría hidalguía odiar a una nación hermana que es militarmente más débil que nosotros. Es claro que no es posible remontar el curso de la historia; y que Chile y el Perú no pueden encontrarse de nuevo en la situación en que se hallaban antes de 1879 o de 1873; pero, dentro de la aceptación de los hechos consumados y del respeto a los derechos adquiridos, hay que buscar una pronta solución al conflicto existente, solución que signifique el principio de una nueva era en la historia de la América Española. La grandeza futura de las naciones de este Continente descansa en la unión de la América Latina. De otra suerte, serán fácil presa de los extranjeros, primeramente en el orden económico, y quién sabe después en cuántos sentidos más, lo que puede no permitirles llegar a desarrollar una personalidad vigorosa y acentuada en el concierto de los pueblos civilizados.

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Para muchos, el viaje se prosigue dentro de la monotonía de una vida siempre igual. Todos los días los mismos paseos, los mismos juegos, las mismas comidas, el mismo matar somnoliento de las horas en las cómodas sillas de cubierta, el mismo esperar lánguido de la próxima distribución.

Sin embargo, la monotonía es en muchos aspectos sólo aparente. Las bellezas naturales, el mar y el cielo que en su grandeza nos arrastran hacia las misteriosas vaguedades de lo infinito, sobrepasan el concepto de lo monótono. El mar es un objeto que invita a la contemplación serena y plácida, al arrobamiento, no al hastío, ya se presente con la tranquila magnificencia de un lago sin límites, ya se agite en olas irritadas por la acción levantisca del viento, ya tomen sus aguas tintes verdosos de algas, o azules obscuros, tenebrosos, que hacen pensar en algún líquido abetunado, pegajoso.

Navegamos casi siempre en un mar tranquilo, muy digno de su nombre de Pacífico. Sólo entre Antofagasta y Mollendo un viento sur fuerte nos azotó algo de costado, encrespó el mar de manera formidable e hizo bailar al vapor como un barquichuelo insignificante. Aquí fué el protestar de la gente mareada. Muchas señoras creían morirse y no pocos señores también, y clamaban en contra de lo pequeño, de lo inseguro y de lo inestable del buque. Este resultaba el fracaso más completo de la arquitectura naval. Pero el mal tiempo fué cuestión de dos o tres días y pasó.

La naturaleza volvió a recobrar su hermosa placidez. En Paita se nos presentó con todas las galas de una belleza tropical, brillante, nítida, transparente. Era una noche placentera, tibia, amorosa. La bóveda azulada parecía una tersa piedra preciosa en que estuvieran engastadas centelleantes la luna y las estrellas. Se sentía un aire grato que envolvía en laxitud. Las aguas se mecían balanceando en sus ondas los rayos de la luna: correspondían con la suavidad del movimiento a la caricia de la luz. El alma se sentía inclinada a caer en adoración y a divinizar el mar, las estrellas, la luna, como deidades palpitantes de amor, sonrientes y benévolas.

Paita es famosa por tres capítulos: por la luna, los sombreros de jipijapa y la chancaca. En esta ocasión sólo de esta última no pudimos dar fe. Ya hemos visto cuán justificada es la fama de la luna, tomada como representativa de un cielo tropical esplendoroso. Por lo que respecta a los sombreros, una nube de vendedores subió al vapor a ofrecerlos. Eran individuos de tipo indio muy acentuado, aunque no enteramente puro y con caracteres de mestizos. Traen los sombreros en bolsas de tela y algunos son tan finos que se pueden doblar como el más delicado tejido de seda o de hilo. Pero se permiten pedir por éstos de ocho a diez libras esterlinas. Con el regateo bajan a cinco, a cuatro, y cuando el vapor va ya a levar anclas es fácil obtener alguno bastante bueno por dos libras.

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Así como el panorama de la naturaleza no resulta monótono para el que sabe mirarlo con amor e interés, de igual manera el panorama, por decirlo así, que van presentando las personas de los viajeros ofrece siempre algo de nuevo si se le observa con atención. Nunca alcanza a conocer uno a todos sus compañeros de viaje ni siquiera de vista en los primeros días. A lo mejor, extrañado de una facha que no ha visto antes, se pregunta: ¿Y este señor de dónde salió? Otros van subiendo y bajando en los puertos en que se hace escala. Hay contactos de almas que duran el fugaz minuto de una cortesía, y luego se apartan en diversas trayectorias, tal vez para siempre. Los hay también un poco más largos, lo suficiente para que se alcancen a tejer las etéreas fibras de una mutua simpatía; pero también viene luego el apartamiento, a menudo para siempre. En general el trato con los demás resulta, con raras excepciones, provechoso. Acercándose a las personas y penetrándose de lo que son, se desvanecen prejuicios, esquiveces, y se las juzga con más ecuanimidad y justicia.