¡Cuántas veces bajo un cielo azul bruñido, que es una lluvia de dicha para los que saben recibirla, y sobre un mar que se mece con suaves ondas de ensueño, soplan a bordo en los corazones vientos de tormentas pasionales horrorosas, vientos de tragedia!
A este respecto me interesó hondamente la situación espiritual desgarradora de un joven médico en quien no había reparado en los primeros días, el doctor N. Era un hombre de aspecto sereno, pero, observándolo con cuidado, se veía que un hondo desgano, una displicencia que le venía de las entrañas le encogían el ánimo y que él luchaba para mantener por lo menos en apariencia el equilibrio de su alma. Le faltaba la alegre espontaneidad característica de las personas que gozan de plena salud corporal y espiritual.
Notando el interés que me inspiraba, empezó a ser franco conmigo, y una tarde me abrió su pecho en una dolorosa confesión:
—Estoy desesperado, amigo mío, me dijo. La idea del suicidio me obsesiona, me ahoga el corazón, me tiene seco el cerebro, me impide pensar en cualquier cosa e interesarme por nada. Cuando me paseo solo, sobre todo en las tardes y en las noches, las aguas ya obscuras del mar y la estela que va dejando el vapor, me atraen. Siento que lo mejor, lo mejor que podría hacer, sería arrojarme a ellas y acabar de una vez. No llevo cuenta de las veces que he deseado tener un revólver y de las en que me lo he puesto imaginariamente en las sienes. Mi fantasía se ocupa en combinar las mejores maneras de terminar instantáneamente con mi vida. Pienso en lo eficaz que sería sentarme en la barandilla de popa, pegarme un tiro y caer al mismo tiempo al mar. Pero sería un escándalo, y esto no se aviene con mis sentimientos. Busco un suicidio que pudiera pasar por un accidente natural. La idea del escándalo me aterra. Oh! qué golpe significaría esto para mi pobre madre, mis hermanitos, algunos de mis amigos!
—Veo que usted ha empezado por hacer lo que debe hacer toda persona que se encuentre en el malhadado caso de usted: luchar con la obsesión y dejar siempre para el día siguiente la ejecución del nefando proyecto. ¿Pero su situación tendrá algunos antecedentes?
—Ah! sí, muy fáciles de exponer, pero no de remediar, como es fácil que se diga porque álguien tiene tuberculosis en último grado y que, con diagnóstico y todo, no haya salvación para el enfermo.
—Creamos que su mal no sea de último grado.
—En mí han obrado la acción disolvente y morbosa de un mal estado espiritual general, y el dominio de una pasión que entró en mi corazón con alborozos y resplandores de celestial aurora; y luego me ha deshecho lo que me quedaba de voluntad y carácter; ha deshecho mi vida. Sin duda lo primero que me ocurrió fué que insensible, paulatinamente, fueron secándose en mí las fuentes vivas de un idealismo sólido y desinteresado. El mundo sensual y frívolo, la falta de una religiosidad honda, el espectáculo de una moral hipócrita y de un patriotismo y civismo declamatorios, dieron los primeros golpes a la contextura de mi alma. Luego la ciencia pura, imposible de acompañar por sí sola con alguna concepción ética salvadora, y cierta literatura hicieron tambalear más aún las amarras ideales a que yo me aferraba. Pocas obras más funestas para el mantenimiento de la voluntad y de la fuerza moral que las de Eça de Queiroz, de Anatole France y otros franceses por el estilo, y las de algunos españoles. No niego las grandes cualidades artísticas y literarias que casi siempre las adornan. Pero el escepticismo que campea en ellas, la ironía y el sarcasmo que gastan en sus pinturas de la vida humana, la insistencia con que presentan a sus héroes dominados por las pasiones sensuales, dejan en el alma una impresión de vacío, un estado abúlico, un desprecio de los hombres y un menosprecio de la vida que abisman. La conciencia herida de esta suerte mira con sonrisa de duda cualquier gesto noble, cualquier esfuerzo levantado, cualquier sacrificio, se pregunta ante ellos: «¿Para qué sirve eso?» «A quoi bon?» y el veneno del desánimo y de la apatía que la ha emponzoñado, sugiere la respuesta de: «Para nada, al fin todo será igual».
—¡Cuánta razón tiene usted! Qué descripción y qué diagnóstico tan bien hechos! Pero lo que importa es salir de ese estado.
—¿Dónde encontrar una filosofía sólida de la vida, una filosofía que nos conforte y nos haga avanzar con esperanzas por los senderos del tiempo? Ah! las religiones! Felices los que creen. Mientras nuestros cuerpos marchan en la tierra con planta segura, nuestros espíritus andan a tontas y a locas. La tierra, sólida para los pies, es frágil para el alma, y ésta se debate desolada entre la insuficiencia de nuestro planeta y los misterios del cielo. Me imagino a los hombres y a sus obras como insignificantes monigotillos que se agitan y tejen débiles telarañas en tinieblas y entre dos abismos.