—Todo esto puede ser muy cierto desde un punto de vista cósmico y eterno, haciendo tabla rasa de toda palpitación de un corazón humano. Pero el valor de la vida no depende de su comparación con las dimensiones del cosmos y de la eternidad, sino de nuestros sentimientos. Se puede defenderla indudablemente con argumentaciones y razonamientos sólidos; pero cualquiera alegación, por bien fundada que sea, no es lo esencial de ella. El valor íntimo de la existencia resulta simplemente y siempre de la afirmación categórica del ser que vive, como se ve en la graciosa ingenuidad de un niño que hace de todo motivo de juego, en las abnegaciones inagotables de una madre, en la virtud de una joven que trabaja alegremente día a día sin preguntarse jamás para qué sirve la vida.
—Es cuestión de sentimiento, quizás de amor.
—Sí, sí; pero distingamos, no se trata del amor sexual.
—Sin embargo, ¡cuántas veces es el amor de una mujer lo que presta su encanto supremo a la vida!
—En ciertas edades, por supuesto.
—Y si él no es correspondido o no es posible, caemos en un limbo de tedio y desesperación. Es lo que me ha ocurrido a mí. Hace algunos años conocí una mujer, una señora, cuya hermosura, gracia, talento y trato, me atrajeron. Empezó por ser un pasatiempo delicioso. Luego estar con ella, verla, oirla, eran las mejores horas de mis días. A ella le gustaba también mi compañía. Con el tiempo mi simpatía se convirtió en una pasión arrebatadora que me elevó en un sueño de amor y vino a dar nueva luz a mi existencia. ¿Y cómo no amarla? Había tan grande armonía en su persona: la viveza de sus palabras, la frescura de su talento y de su ingenio, lo sano y delicado de sus sentimientos, su capacidad de amar: todo formaba un conjunto feliz que, cuando hablaba, su voz me deleitaba el alma como las notas de una cajita de música espiritual. Así solía decirle: «cajita de música». A menudo la llamaba también «vidita» y cuando hacía esto, se me iba el alma por los labios. Perdone que entre en estos detalles, tal vez pueriles, pero ¡qué quiere! me complazco tanto en recordarlos. No ir a verla a veces me causaba un dolor como si me desgarraran las entrañas. Yo estaba loco de pasión, pero ella tenía un concepto demasiado claro de sus deberes para que nuestro cariño pudiera conducir a algo ilícito. Jamás pasé más allá de besarle la mano. Tomando del sentimental libro «La Sombra Inquieta», pensamientos de Fogazzaro, nos decíamos que seríamos «esposos sin bodas, que nos querríamos como se quieren los astros y los planetas, no con el cuerpo, sino con la luz, como las palmeras, no con las raíces, sino con las ramas más altas de sus copas».
Yo tenía que ir a Europa a estudiar los últimos adelantos de la cirugía y debimos separarnos. Lo hicimos en una despedida dolorosa que ha significado tal vez un adiós para siempre.
He quedado, como le decía al empezar esta confesión, herido de muerte, con una congoja que me atenacea sin cesar el corazón, me aprieta la garganta y hace que mi vida sea como un prolongado sollozo interior. Qué de lágrimas he vertido hacia adentro que me ahogan el pecho! Y ve usted la ironía del destino: en tal estado voy a buscar la mejor manera de curar las heridas corporales de los hombres.
—Y así paulatinamente curará también la de su alma. Si no un cirujano, el tiempo es sin duda por lo menos un gran médico. Pero hay que ayudarlo con la voluntad y la reflexión, y con la suspensión de todo acto que pueda significar una sugestión de mera impulsividad.
En este momento pasaron corriendo por delante de nosotros un joven sud-africano y una niñita americana, muy dije, encantadora, de ocho a diez años de edad, a quien él llamaba en broma sweetheart[2]. El era un tipo sanote; gordo, macizo como un toro, rebosaba salud y alegría. De maneras un tanto bruscas, con todos charlaba, a todos embromaba: no conocía las penas. Pasaron ambos con gran algazara, ella casi llevada en el aire por él y con su preciosa cabellerita rubia suelta al viento, a sentarse en el extremo de proa, a gozar de la tarde que estaba espléndida.