El médico había extendido los brazos y hecho amago de coger a la niñita al pasar.
—Criaturas como éstas se me hace que fueran hijas de la mujer amada y me las comiera a cariños. Con qué fruición sumerjo mis manos en las onditas de su pelo rubio, cuando la tengo a mi alcance. Sin duda que de las cabelleras de los niños se desprenden flúidos que confortan y hace bien bañar las manos en ellas.
La travesía del trópico no había tenido esta vez los inconvenientes del gran calor que durante ocho días suele agobiar a los pasajeros en estas latitudes. Navegábamos ya en el golfo de Panamá. Invité al médico a que fuéramos también a proa, pensando que, al alivio que pudiera haberle traído su confesión, se agregara el del espectáculo de una naturaleza espléndidamente majestuosa y serena. La tarde se presentaba en verdad con una serenidad imponente, el cielo ligeramente gris y las aguas tranquilas, obscuras, con cierta pesadez de alquitrán. El vapor avanzaba lentamente. Sentado a proa, a la puesta del sol, creí encontrarme en un sitio ideal para gozar de la paz suprema que puede acordarse a un ser humano. La brisa templada no hacía más que acariciar el rostro. Las nubes en el poniente formaban castillos de hadas iluminados fantásticamente.
—¿No siente usted, pregunté a mi compañero, que esta hora derrama un bálsamo sobre el espíritu y lo substrae a sus inquietudes?
Me dió una mirada en que había un destello de luz, que envolvía casi aquiescencia a mi afirmación y se sonrió débilmente sin decir palabra.
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El día siguiente llegamos a Panamá; pero no fondeamos ni en este lugar ni en Balboa, que es el puerto de la Zona del Canal por el lado del Pacífico.
Era una mañana radiante. Bajo un cielo claro y envuelta en una atmósfera cristalina, deleitosa, se ofrecía la tierra a uno y otro lado. El mar hacía resaltar en el azul de las ondas el verde vivísimo de los numerosos y pintorescos islotes e islas de que se halla sembrado y la costa regalaba la vista con su vegetación paradisíaca.
La entrada del Canal se halla cerrada por cordones de minas que se abren para dar paso a las embarcaciones que tienen la autorización respectiva.
Sin exageración, cabe decir que el Canal de Panamá es una de las obras más maravillosas de todos los tiempos y que significa una gloria para la ciencia y el arte contemporáneos, y para el gran pueblo norte-americano, que con su capacidad técnica y su colosal potencia económica, ha podido llevarla a cabo.