El vapor avanza primeramente por un corto canal natural, para entrar a la primera de las exclusas, la de Miraflores. La obra en todo su trayecto presenta sólo en las exclusas el aspecto de grandes canales artificiales. En las demás partes, por colosales que hayan sido los trabajos realizados, como no hay grandes murallas de piedra ni de concreto, se conservan las apariencias de cauces naturales.
El Canal, como tal vez se sabe, no es una corriente de aguas de un mismo nivel, de uno a otro océano. Las aguas en la parte central, en una extensión que viene a ser más de la mitad de la longitud total del canal, se encuentran a un nivel superior en más de ochenta pies al del Océano Pacífico, y un poco más todavía al del mar antillano. Las exclusas tienen precisamente por objeto levantar los buques al nivel más alto de las aguas del medio.
Las exclusas son grandes canales de concreto de ciento diez pies de ancho más o menos, con gigantescas compuertas de fierro que se abren y cierran herméticamente por medio de la electricidad. Al buque que se acerca lo detiene, antes de que se abra la compuerta, una gran cadena de hierro que tiene por objeto resguardar la entrada por si la embarcación pudiera no venir bien manejada. Paradas las máquinas del buque, se le ata con gruesos cables de hierro a cuatro pesadas locomotoras, dos en cada orilla, que deben remolcarlo lentamente; y una vez en el interior y detenido de nuevo, se cierra la compuerta que ha quedado atrás, y, por medio de magníficos mecanismos interiores, se hace subir rápidamente el agua al nivel requerido. Otra vez se ponen en movimiento las locomotoras de las orillas y remolcan el vapor fuera de la exclusa.
No falta en las exclusas la sencilla elegancia, compatible con la severidad propia de la obra. En las orillas alternan armónicamente los colores blancos del concreto con el verde de los prados artísticamente dibujados a lo largo de la construcción, y toda ella va acompañada a ambos lados por altas columnas, también de concreto, que sostienen dobles focos de luz eléctrica, lo que presta al conjunto cierto aspecto de esplanada de paseo.
Después de un corto trayecto fuera de las exclusas de Miraflores, se entra a las de Pedro Miguel, donde se repite más o menos la misma operación que ya he descrito.
El Corte de la Culebra, que viene en seguida, es un largo canal cuyos bordes los forman los terrenos mismos, sin revestimientos especiales. A uno y otro lado no se extienden bosques tropicales, sino que la vista se dilata en verdes colinas cubiertas en gran parte de palmeras y de otros árboles y arbustos de no muy crecida talla.
Soportando el calor en gracia de lo mucho que había que ver, los pasajeros permanecían afuera afirmados en las barandillas, contemplando ya el paisaje, ya las grandiosas construcciones. De máquinas fotográficas no hablemos. Estábamos en tiempo de guerra y por orden superior habían sido todas quitadas a sus dueños y guardadas durante la travesía a fin de que no se tomaran vistas del Canal.
A popa se había formado un pequeño grupo íntimo en que se encontraba el doctor N. Alguien le dijo a éste:
—¿No le levanta el espíritu, doctor, la contemplación de estas obras del esfuerzo, de la ciencia y del ingenio humanos, la contemplación de esta maravilla de nuestra época?
—Oh, sí, cómo nó!, contestó maquinalmente el aludido.