—Hombre, usted está terrible, nada le entusiasma, repuso el interlocutor, que era un joven de aspecto muy sano y vivaz. Le recomiendo que en cuanto llegue a Nueva York no deje de ir a los «cabarets».
—Los conozco ya.
—Pueda ser que ahí encuentre remedio para sus males.
El joven tenía razón. Parecía que el doctor había perdido la facultad de admirar y que todo lo percibía como si estuviera en un estado de sonambulismo. Recibía las impresiones de las cosas que pasaban por delante de él y formaba los juicios correspondientes más o menos acertados, pero la serpiente de la pena que lo ahogaba no le permitía experimentar grandes emociones fuera de su dolor y ante todo permanecía tan frío como deben dejar a la cinta cinematográfica las imágenes que registra.
—Usted, doctor, no sólo sufre de una pasión, le dije poco después, sino que en parte por esto mismo, se halla enfermo de la voluntad y se imagina, como todos los enfermos de esta clase, que recobrará el gusto por la vida el día en que se mejore su ánimo, sin ver que precisamente el principal remedio para que esa mejoría llegue es poner desde luego en juego la acción, obrar. La actividad sana aleja poco a poco las ideas que obsesionan, debilita los hábitos funestos que se habían ido formando al calor de la pasión y va abriendo nuevos horizontes que el enfermo no ha sospechado. Fuera de la gracia de que hablan los teólogos, hay otra que toda persona puede alcanzar trabajando con ahinco en su perfeccionamiento. El espíritu encierra tesoros que no se divisan cuando las aguas del alma se hallan enturbiadas por la pasión, y que a veces por desgracia no se revelan nunca si el mal se convierte en empedernimiento. Volver su transparencia cristalina a las aguas agitadas no es cuestión de un día; pero algo de esa luz interior se va viendo a medida que la voluntad se afirma y orienta su actividad e interés hacia fines lícitos y serenos.
—Bien por la receta psicológica, contestó el doctor con cierta malicia.
Volvimos nuestra atención al panorama.
Después de pasar el Corte de la Culebra, el canal sigue por una parte siempre estrecha, aunque no tanto como la anterior, hasta que se ensancha en el lago Gatún, que está cerrado por la exclusa del mismo nombre, la última antes del término formado por la bahía de Limón en las riberas del mar antillano.
—A propósito del Canal, recuerdo un rasgo que puede ser típico de la psicología yanqui, me dijo el médico. Hay en el Museo de Historia Natural de Nueva York, un gran mapa en relieve del istmo y del canal con esta pomposa inscripción: «Obsequio hecho por los Estados Unidos al mundo». ¿Qué tal? Si hubiera sido un editor de Chicago el autor de tal leyenda puesta en un mapa hecho con colores llamativos, no habría nada que decir. Se trataría de un negocio comercial, probablemente de un recurso de reclamo. Pero es muy distinto el caso, presentado como se encuentra en el primer establecimiento nacional de su clase. Desde luego me parece bastante difícil que una nación hubiera dado el zarpazo de Panamá sin otro objeto que el de hacer un obsequio al mundo. Sería simpatizar demasiado con los procedimientos propios de un bandido romántico. Los norte-americanos han hecho el canal por razones comerciales y estratégicas: para que sus flotas mercantiles puedan llegar fácilmente al Pacífico y a los puertos sud-americanos y para que su marina de guerra pueda hacer lo mismo y, en cualquier evento, no queden desguarnecidas las costas occidentales de la Unión. Han debido tomar muy en cuenta también las Filipinas y el Extremo Oriente. Por lo demás, es claro que la obra tiene importancia y proyecciones mundiales.
—¿Y cuál es el rasgo psicológico de que usted me hablaba?