—Franca e imparcialmente, ¿cómo se podría calificar en castellano esto de llamar «regalo hecho al mundo» lo que ha sido realizado ante todo por interés nacional? Yo no encuentro otros términos que los de ingenuidad o fanfarronada. El pueblo norte-americano, que es esencialmente bueno en el fondo, revela cierta tendencia a la exageración que resulta tal vez de su disposición a la actividad. Esta vendría a ser una de las características fundamentales y la exageración una de las secundarias de su psicología.

Ibamos llegando a Colón. El vapor había tardado más o menos diez horas en atravesar el Canal. Al considerar en conjunto esta obra, fluye de toda ella, fuera de las cualidades de inmensidad, solidez, prueba de habilidad técnica, que le son propias, cierta impresión de belleza. Se ve que esta sutil condición de ser bellas no está vinculada exclusivamente a las cosas creadas por el arte o a aquellas que perduran respetadas por los siglos, como las ruinas y restos gloriosos, ni a muchos aspectos de la naturaleza, sino que se infunde también en todo lo que da testimonio de un gran esfuerzo humano, del heroísmo del trabajo capaz de moldear y someter la substancia material a grandes miras[3].

CAPITULO II
DE COLÓN A SAN FRANCISCO

El infierno de Colón.—Los primeros funcionarios norte-americanos.—Submarinos y camouflage.—A obscuras.—¿Dónde principian los Estados Unidos?—Nueva Orleans.—Hoteles norte-americanos.—Tres días en tren.

El muelle a que atracamos en Colón podría ser tomado sin dificultad por la antesala del infierno. Los negros que se movían por doquiera serían los demonios y la temperatura era muy digna equivalente de la que suponemos reinante en aquella mansión de pecadores. ¡Qué calor y qué batahola! Un calor asfixiante, desesperante, que agota las fuerzas, descompone el carácter y no da punto de tregua ni de día ni de noche.

El muelle estaba formado por un amplio malecón y un galpón inmenso atestado de mercaderías. Millares de negros en camisa o con los brazos descubiertos se ocupan en mover las mercaderías de un punto a otro, usando principalmente pequeños carros automóviles. Los negros son generalmente delgados, pero bien musculados y altos. Parecen hechos de bronce obscurecido o de terracota café, y el sudor que les corre por todo el cuerpo les da el aspecto de recién barnizados. Hablan un inglés también infernal, pronunciado a golpes y a gritos. Era aquello de volverse loco.

A pesar de haber fondeado a las cinco de la tarde, no se nos permitió desembarcar y tuvimos que quedarnos a bordo en razón de la cuarentena a que nos sometieron. No era muy agradable dormir ahí con el calor que se nos esperaba y el ruido ensordecedor del muelle. Recién entrada la noche empezaron a verse las partes de afuera del vapor, puentes y cubierta, llenas de colchones que los pasajeros sacaban de sus camarotes y colocaban sobre sillas o escaños para dormir al aire libre. Pronto no hubo sitio desocupado. Un miembro del Departamento de Bosques de la Universidad de Yale le echó el ojo a un sofá del salón y a fin de evitar más tarde desazones y conflictos, tomó muy temprano posesión de lo que necesitaba. Los muchos pasajeros que aun se paseaban pudieron ver ahí tendida su larga figura, sin más ropa que una bata que le dejaba descubiertos los pies descalzos y las piernas hasta cerca de las rodillas, piernas encanijadas y velludas, muy parecidas a las que hubiera exhibido don Quijote en aventuras semejantes. Pero el universitario no se preocupó del mundo y durmió con toda tranquilidad.

Al día siguiente los pasajeros nos separamos. Unos íbamos a Nueva Orleans y otros se dirigían a Nueva York. Entre éstos se contaba nuestro amigo, el médico. Nos despedimos cordialmente y le manifesté mi confianza en que la vida le iría ofreciendo alivio para sus pesares.