El primer contacto que tuvimos con algunos empleados y funcionarios norte-americanos, no fué de lo más favorable para que nos formáramos una alta idea de su cultura. ¡Qué tipos algunos de ellos, tan bruscos, tan ordinarios, tan sin maneras! No digo que no cumplieran con su deber; me refiero a sus formas. Para decir sí, no, u otra cosa cualquiera, se puede ir desde una nota dulce hasta la rudeza, dejando en el medio la entereza serena y seria. En esta gama, las voces y modos de aquellos sujetos estaban acordados generalmente al tono de la rudeza. El empleado de la Compañía Norte-americana, que subió a bordo para entregar los pasajes ya pedidos para los nuevos vapores que debíamos tomar y colocar los camarotes disponibles, trataba a la gente como si la Compañía fuera a hacerles el favor de conducirla gratis, y como si todos los que íbamos del hemisferio meridional fuéramos unos semi-bárbaros.
Los oficiales de la aduana no alcanzaban seguramente la cumbre de mala educación en que culminaba ese señor; pero se hallaban muy lejos de ser modelos de cortesía. No obstante los alegatos que hacemos exhibiendo los pasaportes otorgados por el Ministerio de Relaciones Exteriores y por la Embajada Norte-americana, revuelven el contenido de todas las maletas, arrojan las ropas al sucio asfalto del malecón, examinan pieza por pieza, rebuscan los papeles y hojean libros y cuadernos, a la caza de algún contrabando o de alguna carta comprometedora.
Pero nada igual a un jefe de policía con quien tuvimos que entendernos. Con las horas que nos había tomado el examen del equipaje en la aduana disponíamos de muy poco tiempo para una cantidad de diligencias que debíamos hacer antes de embarcarnos al día siguiente a las 8 de la mañana, y sin las cuales no nos dejaban entrar al vapor. Las oficinas a donde teníamos que ir se cerraban a las cinco y, viéndonos tan apurados, un empleado de la compañía de vapores nos dijo que iba a conseguir que en la oficina de registro, anexa a un departamento de policía, nos despacharan aunque fuéramos después de esa hora. Habló por teléfono y manifestó que estaba todo arreglado. Un joven de la misma compañía nos condujo al lugar a donde debíamos ir, que no se encontraba distante. Era una especie de comisaría, y entramos a una sala sencilla que en una esquina tenía una puerta de pesadas rejas de fierro, que conducía indudablemente a calabozos. Divisamos aún a algunos de los reos encarcelados. A un empleado, vestido de uniforme caki y con sombrero de scout, que trabajaba detrás de un alto escritorio, le preguntamos por el jefe y nos contestó que estaba ocupado y vendría pronto. Después de media hora de espera volvimos a preguntar otra vez y supimos que la ocupación era que estaba tomando un baño. Nos resignamos a seguir esperando, y al cabo de otra larga media hora apareció por fin nuestro hombre. Aunque recién bañado, venía al parecer de mal humor, a causa sin duda de que queríamos conseguir algo fuera de las horas ordinarias. Entró a la sala sin sacarse el sombrero, se dirigió a nosotros, y con un tono que podría emplear un juez de campo o un comandante de policía rural para tratar a homicidas o salteadores de camino cogidos infraganti, midiéndonos con una dura mirada de alto abajo, nos preguntó:—¿Quiénes son ustedes, de dónde vienen, qué quieren?
Una simpática profesora chilena que iba con nosotros sintió que ante ese bárbaro no había ninguna garantía y alcanzó a imaginarse reducida a prisión y metida detrás de las tristes rejas que habíamos estado contemplando.
Le explicamos que se trataba de la revisión de nuestros pasaportes y de que se nos hicieran las demás interrogaciones requeridas. Entre los datos exigidos figuraba la toma de la impresión digital.
—Ya es muy tarde, señor, vuelva mañana, nos contestó.
—Pero, señor, hemos estado esperando más de una hora, porque se nos dijo que usted podría atendernos.
Sacó el reloj, miró la hora y perentoriamente terminó:
—Ya es hora de comer, señor; no trabajo hasta mañana. Y nos volvió la espalda sin un saludo, sin una venia, sin un amago de cortesía.
No hubo más remedio que marcharse. Nuestra compañera salió levantando los brazos y diciendo «Jesús, Jesús».