Sería una inferencia inexacta pensar que estos procederes fueran característicos de todos los funcionarios norte-americanos. Probablemente las avanzadas de la gran nación en el istmo se consideran en tierra conquistada y toman los humos y las actitudes de soldadesca imperialista.
Colón es un pueblo principalmente de negros, que forman el ochenta por ciento de una población total de treinta mil habitantes más o menos. Se ven negros por todas partes, en mangas de camisa, o más desnudos aún, brillantes, sudorosos: se ven en medio de las calles para tomar el mayor fresco posible, en las cantinas, que abundan en la ciudad panameña por lo que faltan en la sección americana; y mezcladas con ellos, las negras jetonas, flacas o gordas, algunas de abominable gordura, y vestidas de colores chillones que se mueven bajo el sol tropical como alegres manchas blancas, amarillas, azules, verdes, rojas. Aparecen a veces apiñadas en racimos a las puertas de habitaciones que, por lo que se alcanza a ver, son miserables e inmundas. Hay además muchos indúes, algunos chinos y el resto de la población lo forman los hispano y norte-americanos. Es en cierto sentido, Colón, una ciudad cosmopolita, sin unidad de idioma, sin autonomía y casi sin patria.
La parte de Colón, que se halla dentro de la Zona del Canal; ha sido llamada Cristóbal por los norte-americanos, quienes han hecho aquí un puerto admirable. Posee más o menos diez grandes muelles que se internan en el mar lo suficiente para que puedan atracar buques a los tres lados que tocan el agua. Cada uno de los muelles dispone al mismo tiempo de un inmenso galpón para la recepción y depósito de las mercaderías.
Creo que la acción progresista de los norte-americanos, no se ha dejado sentir únicamente en la zona que les pertenece sino también en la ciudad panameña. Todas las calles de ésta se encuentran muy bien pavimentadas y regularmente alumbradas con luz eléctrica.
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Partimos a Nueva Orleans en un vapor de la United Fruit Co., tristemente pintado con fajas negras, azules, grises y blancas, no sólo en el casco sino también en los camarotes y en todo lo perceptible desde afuera. Era el pintado caprichoso y sombrío de una zebra gigantesca e irregular; era el camouflage ideado para que no dieran en el blanco los submarinos alemanes, cuya posible presencia en los mares antillanos constituía la pesadilla de estos viajes.
Por lo mismo, de noche el vapor navegaba a obscuras. Algunas débiles ampolletas daban una luz tímida en los sitios más interiores del barco y las muy pequeñas de los camarotes habían sido empañadas de azul. Una vez puesto el sol y hecha la última comida, todo es tenebroso a bordo, menos tal vez para los pocos jóvenes que han enhebrado algún flirt; y encuentran que las tinieblas prestan un particular encanto a sus coloquios. En el salón de fumar, hay también escasas luces encendidas y las puertas, ventanas y persianas se mantienen estrictamente cerradas: que no vaya un indiscreto rayo de luz a delatarnos. Los hombres en mangas de camisa, unos recostados, otros sentados sobre las mesas o alrededor de ellas, juegan, beben y fuman sus pipas. Me imagino que fuera en un barco de contrabandistas o de piratas y que esos individuos corpulentos y de vigorosos brazos, cuyas figuras parecen crecer en la semi-claridad en que estamos, van a dejar, a un toque de alarma próximo, el vaso que están empinando, para tomar el hacha o el arcabuz y lanzarse al combate.
En las cubiertas los pasajeros se pasean con los brazos estirados y moviendo las manos como antenas para no romperse las narices en alguna pilastra de hierro y evitar encontrones con otros paseantes.
La gente de cierta edad prefiere colocar sus sillas en sitios apartados del movimiento y matar el tiempo dormitando. En un rincón se agrupan algunas señoras peruanas y rezan el rosario. En el silencio y la obscuridad se percibe el balbuceo monótono de sus voces apagadas y gangosas, que suben y bajan rítmicamente, como acompañamiento regular de las trepidaciones de las máquinas del vapor. Bajo las escaleras o en otro lugar escondido ha puesto sus sillas alguna pareja de enamorados que cuchichean deliciosamente y lanzan de vez en cuando risas regocijadas.
Hay una pareja formada por un joven de Valparaíso y una encantadora inglesita, que tiene una voz magnífica. Su belleza, su juventud, su canto y su carácter espontáneo hacen de ella el centro de la alegría. Tiene marcada predilección por su amigo porteño; pero cuando se refiere a él lo llama «este pobre diablo», como para probar su indiferencia y que el galán se halla rendido a sus plantas.