Tenemos que estudiar todavía el ambiente hispano-americano desde un punto de vista más social y moral. Nuestros hombres son ciertamente más sensuales que los norte-americanos, hecho en que les corresponde una parte principal como antecedentes al clima, a la raza, y también al medio social, en cuanto éste significa un estado espiritual, una idiosincracia colectiva que se va perpetuando por imitación. Es notable que los sensuales hispano-americanos vivan sometidos a matrimonios indisolubles y que los puros norte-americanos se hayan dejado la puerta abierta para cambiar de mujeres según los impulsos de su corazón. Pero en esta diferencia no debe verse ninguna contradicción. La situación de los norte-americanos representa una conquista alcanzada en las luchas por la libertad, meta a que todavía no han llegado los hispano-americanos porque precisamente la sensualidad enerva y embota para los esfuerzos del civismo. Nos es más fácil llevar una vida hipócrita que luchar. Hemos nacido, pues, bajo una herencia sensual. Rastreando en mí propio ser, muchas veces he llegado a pensar que lo que le pasa a mi corazón, no es tal vez más que la herencia de la sensualidad de mi padre un tanto idealizada por mi temperamento y mi mayor cultura.

Por obra del mismo medio social saturado de sensualidad, los niños reciben entre nosotros, en materias sexuales, una influencia malsana prematura y, no obstante la acción de los educadores, no llegan a la juventud en esa atmósfera de pureza en que crecen entre los norte-americanos. Los tempranos y fatales simulacros del amor, la corrupción del modo de pensar y de sentir infiltrada por la fuerza deletérea del lenguaje imprudente y soez de los mayores, y las enfermedades vergonzosas son partes no insignificantes para que muchos de nuestros individuos no lleguen a formar en la edad madura más que unos pobres abúlicos e infelices atormentados.

No es únicamente la raza, pues, amigo mío, la razón de las diferencias que usted ha señalado entre los habitantes de una y otra América. No olvidemos las demás causas mencionadas que bien pueden no ser rebeldes a la acción de las reformas y de la educación.

Hasta luego, amigo mío.

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Habiendo sabido que pronto íbamos a regresar a Chile, el doctor N. vino por algunos días a Nueva York. Recorrimos juntos muchos de los sitios más interesantes de la metrópoli, visitamos museos y asistimos a teatros y cabarets. Una preciosa tarde de Mayo subimos al Woolworth Building, el edificio más alto de la ciudad, construído por el millonario que le dió su nombre y que amasó más de cincuenta millones de dólares por medio de almacenes en que sólo se venden artículos de cinco y diez céntimos. Para llegar al último piso, el sexagésimo, tomamos un ascensor expreso que, realizando lo que pareciera un sueño de Julio Verne, se lanzó como una bala por su obscuro tubo interior sin parar desde el suelo hasta la cúspide. Desde el alto mirador dominamos toda la parte baja de la ciudad (Downtown) y el puerto. Aunque la tarde estaba más bien despejada, no divisamos la sección alta (Uptown) y norte de la población. Es ésta tan inmensa, que bastó la tenue neblina que había, perceptible como ligero velo sólo a la distancia, para que quedaran sustraídos de nuestra vista los barrios más apartados. El puerto, o sea la isla de Manhattan, avanza entre dos ríos, el Hudson por el oeste y el East River por el este, como una lengua de tierra hacia el mar. A nuestro alrededor los rascacielos, algunos en forma de torres y los más de cubos rectangulares gigantescos se aprietan hasta el borde de las aguas. Aunque de treinta, cuarenta o cincuenta pisos, todos quedan por debajo de nosotros. Es un hacinamiento cidópeo de cubos y de más cubos que deja la impresión de una obra portentosa del hombre y ya superior al hombre por el misterio que encierra. Las hileras simétricas de ventanas, como millares de manchitas negras rectangulares, hacen pensar en los millones de almas que trabajan ahí recibiendo de ellas el aire y la luz, hacen pensar en la insignificancia del individuo en medio de la muchedumbre abrumadora de la urbe. Y sin embargo, la gran ciudad es una cortesana sonriente para cada individuo que sabe aprovecharla.

Nuestras miradas caen como por una interminable hendidura entre las paredes de los rascacielos hasta la amplia calzada de Broadway, que se alarga a nuestros pies, abajo, muy abajo, cual estrecho pasillo. Ahí se sigue el ir y venir de puntos negros, cabecitas de hormigas, que son los hombres; y los tranvías, y los autos, y los camiones parecen frágiles juguetes lanzados por manos de niños invisibles.

No es dado contemplar el mar aquí, como en casi todos nuestros puertos donde el horizonte, libre de construcciones y de bruma, permite admirarlo en su majestad oceánica. Hacia el sur divisamos cubiertas de verduras y de edificios bajos las pequeñas islas que se adelantan al puerto y forman otros tantos testimonios de lo ricamente desmembrado que es este territorio. Entre ellas se encuentra la que sirve de base a la estatua de la libertad que apenas se destaca en medio de las fábricas gigantescas que la circundan. ¿Podría tomarse tal circunstancia como un símbolo de que el progreso tendiera a anular la libertad? Triste progreso sería en verdad el que viniera a reducir y cercenar la ya relativa, pobre y precaria libertad humana. Pegados a los muelles que en forma de hemiciclo acompañan al puerto se encuentran anclados toda clase de buques y vapores. Sobre el East River divisamos algunos de los puentes colosales que unen a Nueva York con Brooklyn, en la isla Larga. Son los de Brooklyn, Manhattan, y Williamsburgh. Echando amplias raíces entre los rascacielos de uno y otro lado, a la distancia de centenares de metros de ambas orillas, y trepándose primero sobre ellos y sobre las calles se alzan luego por encima de las aguas a bastante altura para no interrumpir el tráfico de los buques. Por su material de hierro se presentan como líneas negras que se extienden sobre el río sin más sostenes que los formidables pilares de las orillas sobre los cuales se elevan a su vez arcos góticos de que cuelgan los cables metálicos que, como guirnaldas o festones, ligeramente ondeados, sujetan y dan firmeza a los puentes por arriba. Sugiere el conjunto la impresión de algo fuerte, fino y elegante al mismo tiempo, como si fueran los nervios y músculos que ligan los dos miembros vigorosos del gran puerto.

—Esta es sin duda, dijo el doctor, la metrópoli más opulenta del mundo en el momento actual, aun sin exceptuar a Londres.

—Londres puede competir con ella en población y además, como todas las grandes ciudades europeas, en reliquias y monumentos históricos.